Cabo de gata
Los fenicios le llamaron promontorio de las Ágatas y con ese nombre, poco más o menos, se quedó. Nosotros no es por llevarles la contraria, pero nos parece que las ágatas no son tan abundantes como para justificar el bautismo y que, en este sentido, estuvo mucho más acertado el pescador de La Isleta del Moro al que le oímos llamarle el cabo de las dos mares: “La more que parió a Levante y la more que parió a Bárdente”. Y es que ambos vientos, el Levante y el Poniente, azotan alternativamente este ápice surorien-tal de la península Ibérica durante 250 días al año, arrastrando de acá para allá redes de pesca, dunas, contenedores de basura, gaviotas, sombrillas y matas de azufaifo que dejan al pasar rodando por el camino un inequívoco regusto a western. Tan notoria es la influencia de los vientos en la vida cotidiana del cabo, que una fórmula comúnmente aceptada para entablar conversación en los bares de copas es: “Oye, ¿tú a qué playa vas cuando sopla Levante?”.
La cuestión no es baladí, como enseguida se verá. Hace unas semanas, paseando entre el Playazo de Rodalquilar y Las Negras, descubrimos, no más pasar el castillo de San Ramón, un deslumbrante acantilado de rubia caliza que permitía bajar por una amplia cornisa hasta una cala de calmas y templadas aguas color chicle de menta, y allí, con unas gafas de buceo de cuatro euros, pasamos un día de felicidad casi fetal culebreando entre picachos semisumergidos, cuevas copadas de erizos, praderas de posidonias y enormes bancos de unos peces como doradas que a lo mejor no eran doradas -nuestro conocimiento del medio marino es puramente gastronómico-, pero que indicaban bien a las claras la riqueza de un litoral donde, hasta hace no mucho, se pescaba a copo halando las redes desde tierra. El día después, volvimos al mismo rincón con la esperanza de repetir la jugada, pero el mar estaba rizado como un campo de escarolas y el agua, de un inquietante azul cobalto, cortaba al tacto como una sierra radial. ¿Qué es lo que había cambiado para que la cálida placenta de la víspera se hubiera transformado en una gélida bañera llena de gatos? La dirección del viento.











