Colonia del Sacramento
Declarada por la Unesco Patrimonio Cultural de la Humanidad, Colonia del Sacramento es una de las ciudades que mejor conserva su genuina atmósfera colonial, sobre todo en la zona del Casco Antiguo, donde el empedrado irregular, las casitas portuguesas de tejas acanaladas y las estrechas calles en declive que bajan hasta el río “color de león” componen una nostálgica estampa del pasado.
En la veintena de manzanas que componen el Casco Antiguo, se destaca la imponente fortificación construida por los portugueses a mediados del siglo XVIII, todo un emblema de la importancia estratégica que ostentaba Colonia del Sacramento en esos tiempos.
Casi todos los paseos arrancan de la Plaza Mayor. Sobre uno de sus flancos se ubica el fascinante Museo Portugués, situado en una amplia y vetusta casona que conserva aún los cielorrasos de madera a cuatro aguas y los pisos originales de ladrillos pulidos por el tiempo. Entre la importante colección de vajilla, vestimentas y armas de época (escopetas de perdernal, arcabuses, oxidadas espadas), se destaca el antiguo escudo de Portugal, que el virrey Ceballos mandó retirar del lateral sur de la muralla cuando tomó la ciudad en 1774. El escudo fue llevado por Ceballos a Buenos Aires, donde permaneció hasta 1996, año en que el gobierno argentino decidió su devolución al Uruguay. En el subsuelo del Museo se puede visitar la Sala de los Navegantes Portugueses, que atesora instrumentos y curiosos mapas de principios del siglo XVI. En uno de los más raros aparece la Patagonia bajo la fantaseosa denominación de “Tierra de gigantes”; en otro, puede verse al Brasil como si fuera una isla pegada al continente, habitada por tribus de antropófagos. Por su parte, en el Museo Español se puede disfrutar de una original muestra permanente del pintor Jorge Páez Vilaró, cuyas telas ¡lustran tramo a tramo la historia del descubrimiento y la conquista de América. Más allá de la calidad artística de la serie, las pinturas fueron realizadas por Páez Vilaró con un criterio eminentemente didáctico, con énfasis en la llegada de los españoles al Río de la Plata o “Mar dulce”, como lo bautizara Solís. Resulta especialmente impactante el segmento pictórico dedicado a la muerte del conquistador, atacado a flechazos y bolas de piedra y posteriormente devorado por los nativos, episodio en el que -al decir irónico de Jorge Luis Borges- “ayunó Solís y los indios comieron”. Otro lugar para visitar en Colonia es el Museo del Azulejo, que funciona en una de las llamadas “casas portuguesas”, frente al río. Allí pueden admirarse casi 500 piezas originales, incluyendo algunas muy valiosas como las fabricadas en Pas de Calais, consideradas entre las de mayor calidad del mundo. En la misma dirección, continuando por el paseo costanero, se llega al Bastión de San Miguel y la Puerta del Campo, vestigios de la antigua fortificación portuguesa. Ya afuera del Casco Histórico, por la Rambla Cristóbal Colón se llega al Real de San Carlos, que fuera en su momento un importante centro de interés turístico especialmente concurrido por los porteños.
Lo más interesante de este complejo, impulsado a principios del siglo pasado por el empresario naviero Nicolás Mihanovich, fue la Plaza de Toros, inaugurada en enero de 1910, en la que llegaron a torear importantes figuras de la tauromaquia de la época. Al principio la idea pareció auspiciosa, ya que para presenciar la primera corrida, a cargo de dos prestigiosos toreros españoles, se vendieron nada menos que 10 mil entradas, un récord absoluto en toda la historia de la ciudad. No obstante ese brillante comienzo, el enorme anfiteatro de estilo neomorisco terminó siendo una especie de monumento al fracaso, ya que apenas dos años después de su inauguración, un decreto presidencial prohibió las corridas de toros, dando por tierra con las fantasías taurinas de Mihanovich. En cuanto a la zona moderna de Colonia del Sacramento es también atractiva para el turismo. En lo que hace a edificios, el más importante de la zona moderna es el Palacio Municipal, un buen exponente del neoclasisismo en boga en los años 30. A los muchos atractivos de la ciudad, hay que sumar una excelente oferta de restaurantes y parrillas, ideales para insertar una pausa gastronómica en el paseo turístico.