Ibiza secreta – Rincones mágicos en la isla blanca

La magia mediterránea de Ibiza es poliédrica. Su carácter paradisíaco, publicitado desde hace tiempo, se traduce en más de doscientos kilómetros de costa, en una cultura ancestral, en el encanto rural de sus pueblos interiores y en un misterioso magnetismo capaz de cautivar a las más diversas civilizaciones.
Es casi imposible dibujar un mapa ibicenco que consiga abarcar la gran oferta reunida en este espacio tan heterogéneo. A pesar de sus menguadas dimensiones, la isla tiene tantos rostros como uno quiera descubrir. Se puede encontrar la Ibiza de las playas animadas o la de las calas recónditas, la meca del ocio nocturno o la del turismo rural, el enclave mágico y esotérico o el abierto escaparate de artistas bohemios.
Toda Ibiza es un microcosmos de contrastes en perfecta convivencia. En la capital, Eivissa —conocida por los residentes simplemente como «vila»—, el viajero pasea por callejuelas mudéjares, plazas mediterráneas y barrios de pescadores que no se olvidan del pasado, a pesar de estar sumergidos en un presente de neones, olor a pizza y música techno.
Las encaladas casas antiguas de Dalt Vila -el casco antiguo declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco— y sus murallas emanan aires de otros tiempos. Mientras que extramuros, el antaño barrio marinero de Sa Penya aloja ahora terrazas y restaurantes, especialmente en las calles Mayor y de la Virgen, que conducen al puerto.
La noche mediterránea
Al otro lado de la bahía, la zona Marina Botafoch luce el maquillaje de las nuevas instalaciones portuarias y deposita al viajero en el corazón de la famosa marcha ibicenca. A espaldas de la discoteca Pacha, directamente sobre el mar y con la mejor panorámica sobre la ciudad vieja, está El Divino, punto de reunión de la jet. A salto de mata, en el nuevo puerto deportivo reposan los palacios flotantes de los famosos.
Para respirar el auténtico espíritu de la isla tradicional es preciso internarse en la isla, entre pinos y almendros, o vagabundear por la costa sorteando los picos heroicamente recortados sobre el mar. Dejando atrás las blancas calles de Eivissa, hacia el este, el viajero se adentra en la atmósfera azul de Sant Josep de sa Talaia, población que parece alejada del mundo real. El camino vaga entre torrentes y huertos en los que los campesinos siguen practicando sistemas de regadío medievales. Aquí y allá quedan poblaciones de sabor árabe y caseríos de pureza ibicenca que trepan por las faldas de la colina más alta de la isla, Sa Talaia. Desde su cima emerge la visión del extremo sur, ribeteado por torres de piratas, aguas y calas puras.
La cala Es Cubells -vigilada por los cabos Porroig y Llentrisca- y la Pedrera, surrealista paraje que aún es santuario hippie, son los puntos con más magnetismo e historia de la isla. La atracción que ejerce Ibiza no es reciente. Los helénicos ya la frecuentaron en el siglo VIH a.C. Próspera en salinas —muy preciadas por la industria del salazón-y con agua dulce en abundancia, no tardó en atraer a los fenicios instalados en el sur de la Península, ansiosos por fundar nuevas colonias comerciales en el Mediterráneo.
A ellos les debemos la fundación de Ibosim, la actual Eivissa, que llegaría a convertirse en corazón del comercio en el Mediterráneo occidental tras la caída de Cartago. Hoy, ni los olivos más viejos conservan recuerdos tan lejanos. Aunque quizá sí que se encuentren en la Reserva Natural de Ses Salines, un paraíso cargado de silencio sólo roto por el vuelo de las aves migratorias.
Ponemos rumbo a Santa Eulária des Riu, por donde discurre a duras penas el único río balear. Seguimos hacia Sant Llorenf de Baláfia y Atzaró, poblaciones nacidas en los siglos XV y XVI. Por el camino la vista se pierde en el sarpullido de torres defensivas y asentamientos fortificados que recuerdan antiguos desembarcos piratas. Montserrat y Morna, pequeñas torres apresadas entre restos de antiguas fortalezas, atraen por su callado mensaje del pasado y suponen un respiro frente a la legión de urbanizaciones que copan la costa de Santa Eulária.
La otra Ibiza
La estampa más pura de la Ibiza verde, circunspecta y rural, se encuentra al norte. En el camino viejo de Portinatx, que sortea valles pronunciados y elevadas colinas, y en los frondosos pinares de la sierra de Mala Costa, que en tiempos dieron refugio a carboneros y leñadores. En la franja costera del este nos espera en Aigua Blanca -la primera playa nudista de las isla- y el amplio arenal de Es Figueral. Ambos miran hacia la cercana isla de Tagomago, antigua base de piratas y contrabandistas y hoy refugio de multitud de aves. Frente a ella, el viajero se siente transportado a un mundo perdido en algún rincón de la memoria Iluminada por la luz cambiante, Ibiza posa aquí como una ballena varada en el corazón más brillante del Mediterráneo. Ni siquiera la transformación experimentada por la isla durante los últimos treinta años, el período más convulso de su historia, ha logrado acabar con su encanto. El boom turístico revolucionó la sociedad isleña que pasó de ser emigrante a inmigrada, de la uniformidad a la mezcolanza, de la economía de subsistencia a la de mercado. Sin embargo, nada ha destruido su magia.
Rincones con magia
Pocas de las personas que acuden hambrientas de marcha y sol conocen el lado arcano de este espacio tan plagado de leyendas. Según parece, la misteriosa Tanit, diosa del amor y de la fecundidad, señora de la Luna, la oscuridad y la muerte, sigue manteniendo su influjo sobre la isla.
Los fenicios, que la consideraban bendecida por los dioses, alegaban que ningún componente de su tierra podía perjudicar a los humanos. Como ellos, todavía hay quien lleva colgado al cuello un saquito de tierra local, en la creencia de que los protegerá de las malas energías.
Acabamos nuestro recorrido por los puntos mágicos de la isla con la excursión hasta el vecino islote de Es Vedrá, pétrea pirámide natural que, dicen, desprende una fuerte energía causante de fenómentos inexplicables. Las mejores vistas de este islote se disfrutan desde Cala d’Hort.
Cómo se llega
Iberia y Spanair vuelan a diario desde Barcelona y Madrid. Semanalmente, desde otras ciudades peninsulares. Por mar se llega a Ibiza en los barcos de Transmediterránea desde Barcelona, Valencia y Dénia.
Dónde alojarse
Ibiza es una isla eminentemente turística, así que la oferta es amplia en apartamentos, hoteles, pensiones y casas rurales. La Cala Santa Eulária | San Jaime, 76. Si lo que se quiere es descansar, ésta es la opción correcta. Un hotel tranquilo y asequible.
La Ventana | Eivissa | Sa Carroza, 13 |Encantador hotel situado en el el barrio viejo de Dalí Vila. Los Molinos | Ses Figueretes | Ramón
Muntaner,6. Magnifico alojamiento con espectaculares vistas sobre la playa. No es barato. Montesol | Eivissa | Vara de Rey, 2 | Céntrico hotel de estilo colonial y pionero en ver las posibilidades turísticas insulares.
La buena mesa La cocina ibicenca tiene el gran valor de la sencillez. Hay platos típicos como las cocas detrempó (pimiento, cebolla y tomate), pescados a la marinera, calderetas de langosta y postres como úflaó ibicenco. El Olivo | Eivissa | Plaza Lluís Tur V Abierto sólo en verano, su reputación obliga a reservar plaza. Es Pins Sant Llorenc Ctra Eivissa-Santjoan, km 14. El sofrit pagés goza de un merecido prestigio en este restaurante que elabora su propio pan. Port Balansat | Es Port de Sant Miquel|El restaurante dispone de una amplia terraza sobre la playa. Sus especialidades son el gallo al horno y la caldereta de pescado.
Las mejores compras
Se instalan mercadillos en Eivissa, Sant Antoni y Santa Eulária, donde es fácil encontrar los productos típicos de la tierra: licor de hierbas, flaó, orelletes… En Sant Rafel hay un importante núcleo ceramista.

