Paris

La plus belle ville du monde” (la ciudad más linda del mundo) como proclama la famosa canción, tiene méritos de sobra para merecer ese título, aunque curiosamente su icono mayor, la Torre Eiffel, fuera calificado de adefesio metálico” cuando se inauguró, para bochorno de algunos parisienses, en el curso de la Exposición Universal de 1889. El novelista Guy de Maupassant, uno de sus detractores más furibundos, organizó a manera de protesta un almuerzo al aire libre disponiendo una gran mesa justo debajo de la Torre “por ser el único sitio de París desde el que no se ve esta abominable construcción”. Y Maupassant no fué el único: si bien el poeta Paul Verlaine no asistió al contestatario almuerzo, todos los días al salir de su casa daba un rodeo para no verla. La magia de París es tan intensa que es capaz de embellecer todo lo que le pertenece, incluyendo otra polémica construcción reciente: la vituperada Pirámide del Louvre, debida al arquitecto chino-estadounidense T.M.Pei, que obtura prácticamente la perspectiva del fastuoso edificio. Considerada una herejía por la mayor parte de los franceses, la problemática pirámide está compuesta por 666 paneles de vidrio (suma las cifras del cuadrado mágico solar) que reflejan en otros tantos fragmentos la magnífica fachada del suntuoso palacio-museo.
Como contrapeso a esos presuntos desatinos, a París le sobran maravillas, empezando por la mayor obra maestra del arte gótico, la imponente y hermosísima Catedral de Nótre Dame, cuya construcción fue iniciada en 1163. Escenario de magnos acontecimientos históricos, en 1793 sufrió el saqueo de los revolucionarios, que la rebautizaron, previsiblemente, “Templo de la Razón“. Entre otros emblemas imperdibles en París hay que citar el Arco de Triunfo, imponente ejemplo de la megalomanía de Napoleón; el soberbio Museo de Orsay, cuyo enorme edificio fue pensado originalmente como terminal ferroviaria; el Panteón, de estilo neoclásico, donde yacen enterrados Voltaire, Rousseau, Victor Hugo y Emilio Zola; el fabuloso Museo Picasso, inaugurado en 1986 en una mansión del siglo XVII y, por supuesto, el Museo del Louvre, que además de albergar una de las mayores colecciones de arte del planeta, es uno de los palacios más bellos de París.
Los nostálgicos de la “belle époque” no deberían soslayar una visita al mítico Moulin Rouge, con su girante molino de neón rojo, otrora escenario preferido por los bebedores de ajenjo y demás venenos ingeridos entusiastamente por la élite artística del momento, capitaneada por su habitué más excesivo y genial, Toulouse-Lautrec.
Algunas plazas tienen un encanto superlativo, como la Place des Vosges, mandada a construir por Enrique IV a manera de un gran jardín rodeado por 36 edificios de viviendas con una recova que recorre todo su perímetro. En una de las esquinas se puede visitar la Maison Víctor Hugo, que habitara el procer de los poetas franceses, inmortal autor de Los Miserables^
Otro símbolo parisino son los encantadores bistrós, donde puede degustarse, a precios no excesivamente altos, la incomparable cocina francesa, presente también, aunque a otro precio, en los ultralujosos restaurantes clásicos en los que hay que reservar mesa con varios meses de anticipación, como Le Grand Véfour (el mejor de todos, según los entendidos), La Tour d’Argent (con una maravillosa vista a Nótre Dame) y el paradigmático y carísimo Maxim’s, preferido por el magnate Onassis, quien gustaba referirse a este sofisticadísimo restaurante proclamando con petulante displicencia: “Maxim’s es mi cantina”.