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Azerbaidján

Azerbaidján

La excepcional posición de encrucijada del Irán en ningún sitio queda tan evidente como en la provincia de Azerbaidján. Limitada al sur por el Kurdistán, al oeste por Turquía, al norte por la URSS y al este por el mar Caspio. El bazar de Tabriz, su capital es una auténtica torre de Babel: turcos, armenios, turcomanos y kurdos se mezclan en la barahunda de una media docena de lenguas y dialectos. En el Azerbaidján, la lengua principal no es el persa, sino el azeri, variante del turco. La necesidad de saber regatear con cada cliente en su idioma original ha dotado a los comerciantes de Tabriz de increíble capacidades lingüísticas: aparte de las lenguas de la región, suelen hablar un poco de inglés, de francés, de alemán o de italiano.
El bazar, cosmoplita, está bien provisto de productos artesanales de todas las especies. Aparte de las alfombras de Tabriz, justamente famosas, se encuentran batiks (sedas impresas sobre fondo amarillo o rojo), sumaks (tejidos bordados a mano con hilos de lana), varnis (alfombras realizadas con la misma técnica que los sumahs). Estas riquezas sólo son un pálido reflejo de las de antaño. En la Edad Media, Tabriz era el punto de encuentro de las caravanas procedentes de Asia y de Europa, y las mercancías de los dos mundos se intercambiaban allí. La ciudad se adornaba mientras de monumentos, destruidos poco a poco por los terremotos y las invasiones. La mezquita Azul (Masd-jed-e-Kabud), construida en el siglo XV y considerada como una de las más bellas de Persia, se encuentra hoy día en un lamentable estado. Afortunadamente se ha emprendido un trabajo de restauración considerable.
Desde Tabriz, es posible ir en todas las direcciones. Al sudoeste, el inmenso lago de Rezaye extiende sus aguas saturadas de sal en 150 km: ¡imposible ahogarse allí, ni apagar la sed! Más allá, no lejos de Turquía, un circo de montañas, apartado de la gran ruta, alberga a San Tadeo, el santuario armenio. La iglesia fortificada, construida con piedras negras, es una de las más antiguas de la cristiandad. Lugar de peregrinación, reúne, al menos en julio, a millares de armenios venidos del mundo entero para conmemorar el martirio del santo. Pues los armenios, como los kurdos, son un pueblo sin patria. Arrinconados entre Irán, Turquía —donde fueron víctimas, a comienzos de siglo, de un auténtico genocidio— y la república soviética de Armenia, muchos han preferido el exilio.
En dirección diametralmente opuesta, al este de Tabriz, Soltaniyeh ofrece, a orillas de la ruta de Teherán, el más bello ejemplo de arquitectura mongol que nos haya llegado. Nada permitiría reconocer, en este pueblo miserable, la brillante capital de los sucesores de Gengis khan si el mausoleo del rey Oldjaitu Khodabandeh no aplastase todavía, con su imponente masa, las casas bajas. Su cúpula turquesa, rodeada de columnas, alcanza los 59 m. La extraordinaria decoración de estuco y de cerámica está muy estropeada, pero, también aquí se hallan en curso trabajos de restauración.

Del país de los corderos al país de los búfalos
Desde Tabriz, una carreterita se dirige hacia el nordeste y permite alcanzar la frontera soviética y el mar Caspio. Atraviesa primero las altas mesetas del Azerbaidján, largas ondulaciones a veces cultivadas —el Azerbaidján es fértil—, pero con más frecuencia cubiertas de hierbas amarillas donde pacen rebaños de corderos blancos y negros. Un viento glacial, poderoso, procedente de las montañas cercanas, baña al paisaje y ensordece al viajero. Cada invierno, la región queda sumergida bajo la nieve durante varios meses. Para protegerse del frío, los pueblos se funden con el suelo, entre dos colinas: se les puede apreciar gracias a los montones de estiércol que usan como reserva de combustible.
En el interior, se vive bajo corsi. El suelo de una pieza cuadrada está completamente provisto de colchones o alfombras, el centro está ocupado por una pequeña estufa baja. El conjunto está recubierto con una única manta de las mismas dimensiones que la pieza. El calor se conserva así, a ras del suelo, y se espera, tumbado, el final del invierno… En esta ruda provincia, las costumbres siguen siendo tradicionales. La poligamia, casi desaparecida en Irán, aunque siga siendo legal, todavía tiene sus adeptos.
Los habitantes de la meseta se aprovisionan en Ardabil, pequeña ciudad cerca del límite septentrional del país. Ciudad natal del Sha Ismail, fundador de la dinastía Sefévida, conserva de esta época un bellísimo monumento, el mausoleo de Cheikh Safi, caracterizado por la curiosa yuxtaposición de tres cúpulas de altura, decoración y diámetro diferentes. Un viejo mollah hace visitar las oscuras salas con paredes completamente pintadas, con el suelo cubierto de alfombras enormemente antiguas. Una reja de plata maciza protege la tumba del cheikh, hecha de madera cincelada incrustada con caligrafías de marfil.
Al salir de Ardabil, la carretera atraviesa todavía la alta meseta durante treinta kilómetros antes de llegar a un puerto. Una vez franqueado éste, el paisaje cambia por completo. Tras la austera grandeza del Azerbaidján, se extienden los bosques, los pastos y torrentes; tras los pueblos de tierra están las casas de madera, con tejados a dos aguas; ¡tras el Asia central, una pequeña Suiza! La pista desciende, por una interminable serie de curvas, desde los 1.200 m de altitud de Ardabil hasta el mar Caspio, asimismo situado a 20 m por debajo del nivel del mar. Colgado en el flanco abrupto de un valle, corre a lo largo de la frontera soviética y su impresionante red de fortificaciones: muros, miradores, campos militares. Al término del descenso, algunos kilómetros de llanura y, enseguida, el Caspio, con sus olas y sus playas de arena, su viento y su olor semejantes a los de todos los mares del globo…
La región del Caspio no tiene ningún punto en común con el resto del Irán. Arrinconada entre el mar y los montes El-burz, cuyas cimas retienen a las nubes venidas del norte, la franja costera goza de una humedad casi tan excesiva como la sequía lo es en el resto. La vegetación es lujuriante. Una auténtica selva virgen, impenetrable, cubre las cuestas de las montañas, llenas de lobos, panteras, osos e incluso, según se dice, algunos tigres. Más civilizada, la estrecha llanura es el granero del Irán: allí se cultiva arroz, té, algodón, caña de azúcar, frutos y legumbres. En primavera, las ciudades desaparecen bajo el formidable estallido de las flores. Las casas campesinas están hechas de madera, cubiertas con un tejado de chamizo que desciende hasta casi el suelo. Las mujeres, vestidas con un pantalón apretado a los tobillos bajo una falda y un corsé llenos de color, trabajan en el agua de los arrozales, bajo la mirada indiferente de algunos búfalos.

Caviar y baños de mar
Y luego está el mar. Un mar cerrado, el más amplio lago del mundo, en definitiva. Pero un lago cuyas aguas son más saladas
que las de los océanos y sobre el cual se desencadenan brutales y temibles tempestades. Los pescadores que se arriesgan en sus pequeñas embarcaciones rudimentarias muestran una gran valentía… A veces, se utiliza un método de pesca más seguro y laborioso: en una playa, una veintena de hombres, inclinados a lo largo de una cuerda, rastrean, centímetro a centímetro, con una interminable red, cuya curva se pierde a lo lejos, en la aguas grises. Llevar esta red a tierra, puede exigir varias horas de esfuerzos, para una captura que no siempre es abundante.
El esturión, pez-rey del mar Caspio, con su «nariz» puntiaguda, mide de 2 a 3 metros de largo. Los restaurantes de orillas del mar sirven su carne en forma de excelentes brochetas, pero su fama se debe más bien al caviar, los huevos extraídos del vientre de la hembra y salados según una dosis rigurosa: el sabor de los gruesos granos negros al fundirse con la lengua es incomparable.
Muy superior al producto ruso, el caviar iraní es único en el mundo. Su producción se concentra en Bandar-e-Pahlavi, el mayor puerto iraní del mar Caspio. En su rada vienen a abrigarse los pequeños cargueros que aseguran los intercambios con la Unión soviética. Al malecón, transformado en jardín público, viene la población de la ciudad, por la tarde, para respirar el aire de mar. Los marineros con permiso se amontonan ante las casetas de tiro al blanco, cuyos objetivos son grandes fotos de mujeres, recortadas de revistas americanas. Al fondo, una isla llena de cañaverales.
Más allá de Bandar-e-Pahlavi, las bellas propiedades de las gentes ricas de Teherán y las estaciones balnearias se suceden, bloqueando sistemáticamente el acceso al mar. La estación más elegante, Ramsar, donde jardines lujuriosos rodean hoteles y casino, está edificada en un marco maravilloso: la llanura costera, en este lugar, se reduce al mínimo y la montaña cae casi directamente sobre el mar.

Una ciudad santa en la estepa
El nordeste del Irán, desde el Caspio hasta el Afganistán, marca el comienzo de las grandes estepas del Asia central. Es el reino de los turcomanos, pueblo nómada en curso de sedentarización. Su color amarillo y los ojos rasgados les distinguen claramente de los otros iraníes de los que fueron antaño implacables enemigos. En Pahlavi Dej se celebra cada jueves su mercado de caballos: los descendientes de los terribles caballeros que lanzaban mortíferas incursiones contra las ciudades persas, elegían, como antaño sus monturas. Se encuentran también tejidos tradicionales rojos y negros y joyas de plata. Un poco apartadas del pueblo están plantadas dos o tres yurtas: estas tiendas redondas constituidas por un armazón de madera forrada de fieltro, eran hasta hace algunos años, el único modo de habitación conocido por los turcomanos.
A un centenar de kilómetros de allí, un príncipe del siglo XI hizo edificar en Gonbad-e-Qabus, a guisa de tumba, una enorme torre de 63 m de altura. Construida en ladrillo, este extraño cilindro coronado con un pequeño tejado cónico, está completamente vacío, no tiene ni escalera ni rampa. Los despojos del príncipe, según la tradición, reposaban en un féretro de vidrio, suspendido mediante cadenas de la cima de la torre.
No lejos de la frontera afgana, Meshed, tercera ciudad del Irán, es ante todo la ciudad santa del chiismo. A sus 410.000 habitantes se añaden, en permanencia, varias docenas de miles de peregrinos. Con motivo de las principales fiestas religiosas, la población de la ciudad puede doblarse e incluso triplicarse: los fieles duermen entonces en las aceras. Esta multitud abigarrada es fascinante por su animación —que a veces llega a la exaltación— y por la diversidad de todos los hombres y vestidos, originarios de todas las provincias del Irán, así como del Irak, del Afganistán y del Pakistán. Numerosos peregrinos, muy pobres, han tenido que hacer economías durante mucho tiempo antes de venir aquí, pero todo buen chuta tiene el deber de venir al menos una vez a la tumba del santo imam Riza.
Meshed no existía en el 818, cuando Riza, el octavo de los doce imams, murió, sin duda envenenado, cuando atravesaba la región. Fue enterrado all mismo y su tumba fue objeto de tal veneración que pronto se desarrolló una ciudad. Se convirtió incluso por algún tiempo, hacia mediados del siglo XVIII, en la capital de Persia.
Objeto de la solicitud real, el santuario del imam fue agrandado y embellecido en todas las épocas. Conjunto de mezquitas, escuelas, bibliotecas, coronado de cúpulas y minaretes, se eleva en el centro de unaamplia plaza circular donde se reúnen los fieles. A la hora de la oración, éstos penetran en el interior del recinto, se precipitan en las salas tapizadas con millares de fragmentos de espejos, se apretujan a la entrada del santuario propiamente dicho, deslumhrados por su ornamentación de piedras preciosas y placas de oro y plata cinceladas. La terrible multitud de pe regrinos se desborda finalmente contra la reja de plata maciza que protege la tumba, en un esfuerzo desesperado por tocarla. ¡Es la mejor prenda de salvación!
El turista infiel, por su parte, no puede gozar de esta prenda de beatitud eterna, ni siquiera de los tesoros artísticos del santuario: la entrada le está estrictamente prohibida.

El hombre y el desierto
Lejos del sudoeste, lejos del mundo, lejos de todo, en pleno desierto pero rodeado de un oasis que produce los mejores dátiles del país, Bam sueña con los días gloriosos  del  pasado.  La ciudad  muerta, abandonada desde hace ciento cincuenta años, reserva al visitante las más fuertes impresiones de su viaje. ¿Cómo no verse envuelto por esta ciudad fantasma ceñida de espesas murallas, por esas ruinas caóticas donde se encuentran casas, bazares y mezquitas? Enseguida quiere uno perderse por este país alucinante: un paso fuera de la arteria principal y ya no se sabe si se está en el interior de un edificio cuyo tejado se ha hundido, o en una callejuela medio taponada. Impresionado por esta atmósfera de desolación, uno no se extrañaría de ver surgir a un guerrero con armas, o a un bárbaro con el sable levantado. De hecho, zorros y cuervos huyen ante el ruido de las pisadas…
Por encima de la ciudad, colgada de una cima rocosa, la ciudadela monta guardia. Dédalo de patios, de escaleras, de caminos de ronda, paisajes subterráneos, opone su recinto almenado, su collar de torres, sus fortines avanzados sobre la llanura gris, siniestra de Dasht-i-Lut. El Gran Desierto salado, que llega lentamente al pie de la muralla, está seguro de poder decir, algún día, la última palabra.

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Este artículo fue escrito el Domingo, Diciembre 16th, 2007 a las 3:30 pm en la categoría Irán. Puedes dar tu opinion sobre este artículo entrando en RSS 2.0 feed. Etiquetas: caspio, caspio exchange, caviar caspio musica, caviar del caspio, correo calle mar caspio madrid, gasoducto caspio, lago mar caspio, mar caspio, restaurante caspio gran canaria, tabriz, tigre caspio, yogur del mar caspioPuedes dejar una respuesta, o trackback desde tu propio sitio.

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