Las pequeñas islas de La Sonda

Al sur de Indonesia, la memoria se extravía. Situados lejos de las grandes corrientes internacionales, secas, pobres y muchas veces desoladas, las pequeñas islas de la Sonda están relegadas a un segundo plano de la actualidad y del desarrollo: Bali, la más occidental, eclipsa a todas las otras por su fama turística y el prestigio de su cultura. Al este, Timor, portuguesa en parte hasta 1975, ha conseguido una realidad política con las turbulencias consecutivas a la marcha de los antiguos colonizadores y su vinculación con Indonesia. Al norte, Komodo se ha hecho célebre desde que se descubrieron allí lagartos gigantes, los primeros «dragones», que llevan su nombre.
En el interior de este triángulo, están Lombok, Sumbawa, Sumba, Flores, por no hablar más que de las islas más importantes. Las pequeñas islas de la Sonda son trozos de la cadena volcánica que rodea al Pacificó, y las erupciones de sus volcanes siguen siendo peligrosas sobre todo las del Agung en Bali, las del Rinjani en Lombok (una de las más bellas escaladas de Indonesia, según los entendidos) y del Gilimutut en Flores, antaño célebre por sus tres lagos de colores diferentes, colores que la erupción de 1971 ha perturbado un poco.
Flores se encuentra en el punto de unión entre las poblaciones de tipo malayo y las de tipo papú, es decir más grandes, con una piel más oscura y cabellos más ásperos. Llamada también «isla de las Flores» y famosa antaño por su madera de sándalo, ha adquirido un aspecto más árido desde que modas desconsideradas la han desforestado en gran parte y ofrece el espectáculo de montañas desnudas, con laderas de las que cuelgan algunos flamencos.
La isla de Sumba es conocida por sus tejidos con motivos tan especiales, en los que los costureros de Yakarta se inspiran de manera desigual, y por sus caballos, buscados por todo el Archipiélago. Instaladas en el suelo de las casas montadas sobre pilotes, las mujeres se inclinan sobre su tejedora. En los pueblos grises y polvorientos, con tejados de palma de forma de pirámide truncada, las kain (mantas) expuestas estallan en manchas multicolores. En cuanto a los caballos, elementos básicos de las dotes sin las cuales no hay boda, sirven para hacer paradas, y encarnizadas carreras.
También aquí el culto a los muertos ocupa un importante lugar. Las sepulturas, hechas de piedras groseramente talladas, tienen la forma de una mesa. Coronadas con estatuas que representan a personajes agrupados, recuerdan al país Batak. Rica antiguamente en madera de sándalo, la isla no ofrece hoy día más que un paisaje bastante desolado de montañas que la erosión ha desnudado progresivamente. El mundo moderno ha penetrado poco a poco, pero sin agresividad: Sumba no posee más que tierras pobres y a nadie interesa.
Komodo, en cambio, está de moda: sus gigantes lagartos constituyen un atractivo singular. Su descubrimiento —por un aviador que tuvo que hacer un aterrizaje forzado— data sólo de 1911. En una época en la que se creía que se conocía todo del planeta, el anuncio de la existencia de reptiles de más de 3 m de longitud, y que pesaban más de 100 kg, causó sensación. Felizmente para los «dragones», su piel es absolutamente inutilizable; de no ser así, estarían exterminados desde hace tiempo.
Aparte del Irian que, situado en Nueva-Guinea, no pertenece a Asia sino a Oceanía, todavía había que citar muchos otras islas entre las tres mil que están habitadas, de Sabang a las Kai, y cada una de las cuales, por diversas razones, merecerían ser descritas. La propaganda turística comporta una elección, que mantiene por lo demás la mitología de las «islas del fin del mundo». Java, Bali, los países Batak y Toraja no son los únicos centros de interés: otras regiones pueden apasionar.
Este periplo por las islas indonesias no puede dar más que una idea parcial de la situación actual, que se ha hecho extremadamente compleja por la superposición de un Estado unitario a la red de relaciones tendida por siglos de una historia muy activa. Las fotografías, las impresiones de viaje corren el riesgo de cristalizar en una inmovilidad engañosa un mundo en plena evolución, que varía con las convulsiones tanto más brutales cuanto que es profundamente diverso.