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Reino Unido: Gales

Gales

Extensión territorial de Gales: 20 764 Km. Si comparamos a Gales con países de la América, tiene aproximadamente la misma extensión que la república centroamericana de El Salvador (21 041 Km2) y casi el doble de la superficie de la isla caribeña de Jamaica (10 962 Km2).
En comparación con la totalidad del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte, nos encontramos con las siguientes cifras:
Inglaterra: 130 347 Km2 Escocia: 78 749 Km2
Irlanda del Norte: 13 566 Km2
Gales: 20 764 Km2 TOTAL DEL REINO UNIDO: 243 426 Km2

La extensión de Gales, por consiguiente, representa un 8,53% de la superficie del Reino Unido, es decir, un poco menos de la décima parte del área total.
Mayor elevación: El Monte Snowdon (1 085 metros), en la cordillera de los Montes Cámbricos. Del Snowdon se ha dicho que este monte “es a la geografía galesa lo que el idioma gales es a la cultura de la región”. También notable es el Fiat Crag o Carreg Wastad, impresionante farallón usado para sus prácticas de escalamiento por los montañistas de la triunfante Expedición Británica al Monte Everest (1953).
Ríos: Gran Bretaña (y, por consiguiente, Gales) no es país de grandes ríos. Pero el más largo de ellos, el Severn, con un curso de 290 Km, es un río “muy gales” (aunque discurre por Inglaterra durante buena parte de su recorrido), pues nace en las alturas del nordeste de Gales para seguir un curso semicircular e ir finalmente a desembocar en el Canal de Bristol y el Océano Atlántico, junto a Cardiff, la capital galesa. El Wye (210 Km) es otro importante río que tiene su nacimiento en los páramos de la región central de Gales, penetra en Inglaterra, y va a desembocar en el ancho estuario del Severn.
Nombre de Gales (en gales): Cymru (palabra que significa “compatriotas”).
El nombre inglés de Gales es Wales, palabra que parece derivarse de Waelisc (“extranjeros”), término que los antiguos anglosajones aplicaron a los galeses y que luego fue perpetuado por los normandos.
Estampillas postales: Iguales que las estampillas inglesas, pero, además de mostrar la efigie de la Reina Isabel II, exhiben un pequeño dragón, que es el emblema nacional gales.

El Reino Unido está formado por Irlanda del Norte y los tres países de Gran Bretaña: Inglaterra, Escocia y Gales. Cada uno de estos países tiene características particulares y goza de cierta autonomía, a pesar de que los cuatro son regidos desde Londres por un gobierno central. El de Gales, con sus tres millones de habitantes, es el único que aún emplea, bastante ampliamente, una lengua distinta del inglés: el gales, de la cual los galeses se sienten muy orgullosos, así como de la identidad tan bien definida que ese idioma les da entre los otros países del Reino Unido.

Cuando uno llega a Gales desde Inglaterra, varios detalles le anuncian que está en otro país. En primer lugar, está el Dique de Offa, que es una zanja construida por un notable rey del mismo nombre* durante el siglo VIII y que recorre la frontera entre ambos países, de norte a sur, por 270 kilómetros. En segundo lugar, están los carteles bilingües que dan la bienvenida —en inglés y en gales— y que enseguida nos hacen notar que estas dos lenguas se parecen tanto entre sí como el español y el eslovaco.

Entrando por el extremo sur y cruzando el río Wye a la altura de la histórica ciudad de Chepstow, uno puede jugar con la broma de los locales que le dicen: “Si te paras justo en el medio del puente, tendrás un pie sobre Inglaterra y el otro sobre Gales al mismo tiempo”.
Pero lo cierto es que no se pueden notar tantas diferencias entre ambos lados de la línea hasta que uno se interna más profundamente en territorio gales, salpicado de montañas y valles. Entonces es que se encuentran algunos pueblos donde los lugareños sólo hablan gales entre ellos, usando el inglés —con un fuerte acento— para comunicarse con los forasteros. Y también hay algunos ancianos que sólo hablan el gales y que no entienden nada del inglés.
Hoy en día, sólo el 25% de la población habla correctamente el idioma ancestral, y en las grandes ciudades —como Cardiff, Swansea y Newport— hay franco predominio del inglés. Pero, aunque el inglés ha venido a ser la lengua más hablada en el Gales de hoy, esto no hace que los galeses sean idénticos a sus vecinos, los ingleses. Hay marcadas diferencias de personalidad entre ambos, y esto se puede notar fácilmente en el comportamiento social de unos y otros.

Cuando uno entra a un pub en una ciudad inglesa, uno se sienta con un vaso de cerveza a observar a la gente, dejando que las horas pasen, y es bastante probable que no se establezca diálogo alguno con el desconocido vecino de mesa, a excepción de las usuales frases de elemental cortesía. En Gales, por el contrario, el contacto viene casi inmediatamente, sobre todo si los parroquianos galeses se enteran de que uno procede de un país lejano, y lo más probable es que le insistan para que se deje invitar a medio litro de bitter (cerveza morena galesa), costumbre que no nos sorprendería en un país mediterráneo, pero no observada en Inglaterra.

Aunque no se puede decir que Inglaterra sea tan ostensiblemente distinta de Gales como lo es de Francia, por ejemplo, lo cierto es que sí existen fuertes diferencias que se aprecian en lo cotidiano: en la calle, en el mercado, en la arquitectura de las casas y en la misma fisonomía de los habitantes.

Políticamente, la distinción ya no existe desde que Gales fue anexado a Inglaterra en el siglo XVI, pasando así a incorporarse a lo que hoy es el Reino Unido. Esto ocurrió en 1536, al promulgarse en Inglaterra la Ley de la Unión (Act of Union), durante el reinado de Enrique VIII. Mucho antes, sin embargo, Eduardo I de Inglaterra, en el año 1277, había invadido a Gales y originado la costumbre de dar el título de Príncipe de Cales al heredero de la corona inglesa (véase inserto, pág. 585). Pero Eduardo I no se anexó el país y éste continuó, desde 1282 hasta la citada unificación política de 1536, siendo administrado por los propios galeses, como un principado bastante autónomo (no plenamente soberano), y manteniéndose como una entidad separada. Actualmente, como parte del Reino Unido, Gales sigue conservando su identidad muy bien definida, aunque son muy contados los jóvenes de hoy que aprenden la lengua de sus abuelos o que siguen fielmente las tradiciones galesas. A pesar de ello, Gales no se ha “despersonalizado” ni parece estar en peligro de que tal cosa le ocurra.

En esta época, las separaciones entre los países europeos se han ido acortando, gracias al avance del transporte y las comunicaciones, y gracias también a la aceptación de políticas comunes (Mercado Común Europeo, Organización del Tratado del Atlántico Norte, Parlamento Europeo, etc.). Por esta razón, la juventud galesa —sin dejar de ser galesa— ha escogido una salida práctica, hablando una lengua que la incorporará más fácilmente al resto del mundo. El inglés se habla más internacionalmente, mientras que el gales sólo se usa en Gales y en algunas pequeñas comunidades de emigrantes dispersas por el mundo, entre las que sobresale la que está ubicada en la Patagonia.
Es cierto, sí, que los jóvenes galeses emplean el inglés como lengua de todos los días, pero hay una serie de características muy fuertes, tenazmente arraigadas en su pasado, de las cuales ellos mismos —aunque quisieran— no podrían desligarse. Y esos jóvenes, aunque ahora hablan el inglés, siguen sosteniendo su espíritu gales con mucho orgullo. Además, si bien es cierto que han abandonado algunas de sus tradiciones ancestrales, siguen cultivando con veneración la poesía y la música nativas, ambas de extraordinaria riqueza y calidad.

El mismo gobierno británico ha adoptado medidas para evitar que desaparezca la lengua galesa y, entre otras cosas, fomenta y subvenciona el Festival del Eisteddfod, donde cada año se reconocen los nuevos talentos de la música y la literatura galesas. Los resultados de estos intentos son poco predecibles a largo plazo. Las cifras nos cuentan que el número de personas que hablan gales va declinando cada año. Pero, aunque la lengua sea el vehículo principal para transmitir una cultura, no es, sin embargo, la “última palabra” en cuanto a medio portador del carácter nacional. Existen otros muchos elementos que continúan delineando la identidad propia galesa, y que ayudan a diferenciar a Gales de los otros países del Reino Unido. Entre esos elementos, hay que destacar la raza, la historia y la rica mitología galesa.
En Gales, antes de la llegada de ios romanos hace dos mil años, se practicaba el druidismo (religión de los antiguos celtas, cuyos sacerdotes eran los druidas). En el druidismo, se adoraba al Sol, se dedicaban cultos a los muertos y hasta se efectuaban sacrificios humanos.
Podríamos retroceder todavía más, hasta el tercer milenio antes de Cristo, cuando a Gales llegaban, generalmente por mar, gentes de diversa procedencia, entre ellos algunos grupos de origen mediterráneo, hombres no muy altos y de piel morena, constructores de megali-tos, cuyos rasgos raciales todavía son discernibles en la población galesa (aunque no en forma dominante). No obstante, si bien es cierto que se conservan muchos testimonios arqueológicos del final del Neolítico y de la Edad de Bronce, puede decirse que fueron los misteriosos celtas, surgidos en la Europa Central, los que impusieron su lenguaje, cultura e instituciones.
Estos celtas se proyectaron hacia Escocia, Irlanda y Gales (pero no hacia Inglaterra, donde los primeros pobladores tuvieron un origen distinto). Los celtas llegaron a Gales con algunos rudimentos de agricultura y metalurgia, y desarrollaron una sociedad dividida en tribus,* en la cual la religión estaba dirigida por los druidas. Éstos, además de ser sacerdotes, eran maestros y se encargaban de transmitir la cultura de generación en generación, en  un pueblo que aún desconocía la escritura. Esta gente construyó algunos monumentos de piedra sobre tumbas colectivas, que aún están en pie en varias partes de Gales.
Los celtas se desarrollaron principalmente en la costa, se adentraron en algunos valles y continuaron hablando su lengua de origen, hasta que ésta se mezcló con el latín cuando más tarde llegaron los romanos y los sometieron. La lengua galesa de hoy es una derivación del celta mezclado con el latín, y por ningún lado presenta similitudes con el inglés. Los romanos no sólo llevaron su lengua a Britannia (como llamaban a toda la isla, incluyendo a Inglaterra, Escocia y Gales), y posteriormente el cristianismo, sino que, además, construyeron carreteras, puentes y fuertes militares. Cuando cayó Roma, Gales recuperó su libertad y se sumió en un oscuro Medioevo, durante el cual revivieron algunos viejos rituales celtas.
Pero su cultura fue nuevamente amenazada con las invasiones de los anglosajones, los escandinavos y los normandos. Finalmente, como ya vimos, en el último cuarto del siglo XIII, durante el reinado de Eduardo I, la corona inglesa creció y se expandió, incorporando Gales a sus dominios, aunque reconociéndole su identidad política en forma de principado. Luego, en el siglo XVI, durante el reinado de Enrique VIII, cuando tuvo lugar la incorporación definitiva y plena de Gales, se ordenó que el inglés fuera la lengua oficial. El gales, sin embargo, siguió hablándose en las calles, y los nobles nativos fomentaron festivales en sus castillos, donde se protegían y difundían la música y la poesía autóctonas.
La historia del Gales moderno ha sido favorecida esporádicamente por algunos booms económicos. Este fenómeno comenzó a finales del siglo XVIII, en los inicios de la Revolución Industrial, cuando se descubrió que el coque mineral (carbón poroso), materia abundante en el Gales de entonces, podía alearse mejor con el hierro que el carbón de leña que había sido empleado hasta esos días. A partir de este descubrimiento, se comenzó a construir un gran número de fundiciones que debieron indirectamente su desarrollo a Napoleón, ya que, al entrar Gran Bretaña en guerra contra el “amo de Europa”, aumentó la demanda de aleaciones fuertes para la fabricación de cañones, bombas y granadas.
No mucho tiempo después, llegó la máquina a vapor y, con ella, el verdadero boom del carbón. Se excavaron muchos valles floridos en busca del mineral y, donde se encontraba una veta, surgían de la noche a la mañana pueblos enteros en los que se aglomeraban millares de mineros ávidos de trabajar.
Este importantísimo aspecto de la vida y de la historia de Gales está vividamente recogido en dos de las novelas más realistas y poéticas a la vez de la literatura británica contemporánea: Las estrellas miran hacia abajo (1935) y La ciudadela (1937), ambas de A. ). Cronin y ambas llevadas a la pantalla (en 1939 y en 1938, respectivamente). La vida de una familia minera de la región meridional de Gales fue también el apasionante tema de otra famosa novela, ¡Cuan verde era mi valle!, que data de 1939—y que fue llevada al cine en 1941— del escritor gales, nacido en 1907, Richard Llewellyn.
Más tarde, le llegó el turno al acero, con sus colosales fundiciones, etapa que, a finales del siglo pasado, fue seguida por la de la piedra pizarra, cuyo uso se extendió rápidamente por Europa, por ser un material muy duradero, impermeable y barato para cubrir los techos de las casas.
Hacia finales de la I Guerra Mundial, minas y fundiciones entraron en depresión, debido a precios más competitivos en el mercado mundial, y entonces Gales tuvo que buscar la alternativa en otras industrias. Hoy en día, existen muchas fábricas en el sur del país, por el área de Cardiff y Swansea, incluyendo plantas productoras de gas y electricidad y de procesamiento de metales.

Aparte de esta zona y de algunos valles del centro, donde sobreviven los fantasmas de unos pocos pueblos mineros, y hasta minas enteras en abandono, el paisaje de Gales es uno de los más bellos y gentiles de Europa. El color básico es el verde, y el relieve del terreno lo dan las colinas que suben hasta su punto más alto en el Monte Snowdon (1 080 m
sobre el nivel del mar), rodeado de una reserva natural. El Snowdon se puede escalar en un viejo tren a vapor (funciona desde 1896), que ha sido acondicionado para llevar a los turistas hasta su cima.
Hay otros parques nacionales en Gales, entre los que sobresale el de la costa de Pembroke, particularmente atractivo por sus notables formaciones rocosas. Los valles agrícolas, como el de Wye y Combay, son también muy especiales, y la gente que los habita conserva un espíritu muy pastoril. Sobre estos valles se levantan castillos y monumentos históricos o prehistóricos, que recuerdan al visitante los principales hitos del pasado gales.
La capital de Gales es Cardiff (300 mil habitantes). Tiene un centro limpio y poco contaminado por el cordón industrial que la rodea y, entre otras importantes instituciones culturales, es sede del Museo Nacional de Gales y del Museo Folklórico de Gales (éste último en las afueras de la ciudad).
Cardiff, que también es un importante puerto,  es una ciudad donde las viejas leyendas y la historia reciente se entremezclan. En efecto, Cardiff fue uno de los puertos usados por las tropas aliadas en 1944 para partir hacia la invasión de Normandía, histórico hecho que dio inicio a la última fase de la II Guerra Mundial, y de Cardiff también —asegura la leyenda— partió Lanzarote, uno de los caballeros de la Tabla Redonda, después de sus desavenencias con el Rey Arturo, celoso este último por los amoríos de Lanzarote con la Reina Ginebra. (De esta leyenda, desde luego, existen infinitas versiones.)
Swansea, la segunda ciudad, con 170 mil habitantes, es un simpático lugar al borde del mar y con una población bastante musical. Allí se desarrolló el último Eisteddfod, el evento cultural más representativo del pueblo gales, que se celebra anualmente en el mes de agosto, casi ininterrumpidamente desde hace nueve siglos, con sus concursos en el campo de todas las artes y artesanías, pero con especial énfasis en la poesía y en la música.
Este evento (1982) duró una semana y contó con 200 mil visitantes, venidos de todo el país y de las comunidades galesas establecidas en el extranjero. El momento culminante tuvo lugar durante la solemne ceremonia de coronación del Bardo del Año, que ganó el premio con una poesía en tributo a Llewelyn ap Cruffydd (ap = “hijo de”), el príncipe guerrero que muriera en 1282, combatiendo por las libertades galesas en una batalla contra los ingleses. (Debe mencionarse, como cosa curiosa, que el poema premiado en 1964 tuvo como tema la fundación de la colonia galesa en la Pata-gonia, en el siglo pasado.)
A los galeses, sin embargo, la tradición de elegir al Bardo del Año no les interesa por la tradición misma … ni tampoco les interesan los malos poetas. Cada vez que juzgan que ningún poema tiene los suficientes méritos literarios, no vacilan en dejar ese año vacante el premio, aunque esto desilusiona mucho a los asistentes al Eisteddfod.
Al otorgamiento del premio asisten los bards (bardos), que forman la asamblea de los ancianos elegidos como los “portadores de la lengua galesa a través del tiempo”, quienes se presentan con sus tradicionales vestimentas y se sientan en el estrado de la enorme carpa-teatro para premiar al poeta más distinguido del año. Luego de haberse cantado el Himno Nacional Galés, el presidente de la asamblea presenta al bardo premiado y lo sienta en el ancestral trono, coronándolo como “aquel que durante el último año ha logrado los mayores méritos para promover y transmitir el mensaje de la lengua galesa a las generaciones venideras”.

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Este artículo fue escrito el Lunes, Febrero 25th, 2008 a las 6:08 pm en la categoría Gales. Puedes dar tu opinion sobre este artículo entrando en RSS 2.0 feed. Etiquetas: año nacimiento diana gales, año nacio diana gales, accidente diana gales, biografia diana de gales, diana de gales, diana gales año nacimiento, diana gales nacimiento, diana gales nacio, eric gales, Gales, gales vacacion, nacimiento diana gales, nacio diana gales, pais de gales, pony gales, princesa diana de gales, vuelo cardiff galesPuedes dejar una respuesta, o trackback desde tu propio sitio.

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