La ciudad de viena
Tras visitar una retrospectiva de Francis Bacon y encontrarse con una espléndida Catherine Deneuve de cara lavada y abrigo negro es una de las bondades de Viena. La musa francesa de Buñuel está grabando María Bonaparte y se pasea por las calles de la capital austríaca sin más escudo que unas gafas de sol. Porque no hace falta esconderse en esta ciudad seria y escéptica, poco dada a la exageración y tan acostumbrada al elogio, que durante algunos arios olvidó renovar” escenarios. Vivió de las rentas, de la herencia imperial, de la leyenda de Sissi y de la noria del Prater inmortalizada por Orson Welles en El tercer hambre. La elegante Viena se permitía el lujo de disparar los precios ya desde el siglo XVIII, como cuenta Montesquieu en sus Obras Qrmpkkis, que en la primavera de 1728 se sorprendió con los alquileres “¡mxügimamaüe caros “que pagaban los vicneses. Ahora los cambios son evidentes, y no sólo en el descenso de precios desde el ingreso de Austria en 1995 en la Unión Europea. También en las propuestas turísticas, más asequibles y cuidadas para competir con vecinas como Praga o Budapest.
Pocas ciudades tienen una Oficina de Turismo tan eficiente como la vienesa, buen ejemplo del carácter resolutivo y perfeccionista de los austríacos. Esta oficina canaliza la información mientras el ayuntamiento pone todo su empeño en crear nuevos proyectos y renovar los antiguos, siempre en clave social y cultural. Y es que si de algo sabe Viena es de cultura y de iniciativas que benefician a sus ciudadanos, orquestadas desde un consistorio socialista que ya entre 1919 y 1933 solucionó la crisis inmobiliaria provocada por la inmigración encargando a sus mejores arquitectos -entre ellos Otto Wagncr y Adolf Loos- la construcción de grandes conjuntos de viviendas llamados Hof, como el enorme Karl Marx Hof, con hasta 1.800 pisos. Financiados a través de impuestos a las capas altas de la sociedad, se convirtieron en el mejor testimonio sociopolítico de la llamada Vierta Roja.
