Palacio de Hofburg
Ahora su patrimonio artístico está valorado en 546 millones. Leopold ya ha recibido del estado un tercio de esta cantidad y 2,5 millones anuales para mantener este museo del que es director vitalicio.
Pero los nuevos aires de Viena no acaban en las inquietantes obras de Schiele. Son sólo un ejemplo de lo que la convivencia entre herencia imperial y modernidad puede hacer por una ciudad que lo mismo ofrece cafes de ambiente decimonónico y tartas Sacher como locales de copas bajo el metro de Otto Wagner, donde se acaba de inaugurar una acristalada biblioteca. Que se mueve tan cómoda en los conciertos de la Opera del Estado como en los clubes sobre el Danubio. Que convierte el invernadero del palacio de Hofburg en restaurante de moda y su ayuntamiento promueve colectivos de música electrónica. Que tiene en el Naschmarkt -el mercado que cada día levanta sus puestos entre los distritos 4 y 6- el barrio más dinámico. Junto a sus frutas, verduras, especias, quesos y vinos se ha instalado un puñado de jóvenes artistas y galeristas que han hecho del Naschmarkt la zona más creativa y apetecible, el mejor ejemplo del lema de la Secession – “a cada época su arte, al arte su libertad”-, que se puede leer en la fachada de su sede, a un paso del mercado.
