El cabo de gata
Compañero inseparable de las ventoleras que sacuden esta pata de la piel de toro es el sol. Para arribar a esta esquina del mapa, las nubes procedentes del Atlántico deben salvar una tras otra las sierras andaluzas de Algeciras, Grazalema, Ronda, Tejeda, Nevada y Alhamilla, y así pasa, que llegan completamente ordeñadas, o simplemente no llegan. Esto determina un clima que, los que saben de meteorología, dicen que es subtropical mediterráneo subdesértico, y los que no, que sobran las dos primeras palabras y el segundo sub. Bajo este sol africano, sin apenas agua dulce ni, por tanto, arbolado -sólo palmitos, azu-faifos, pitas y chumberas-, la Tierra se muestra en estado puro, desnuda. Es la Tierra detenida en la edades geológicas en que se formaron las cordilleras Berreas. Donde las placas africana e ibérica se tocan, hubo erupciones submarinas. Y de aquellos magmas, estas sierras ocres, estos basaltos, estos nodulos y columnas, estas rocas negras, blancas y amarillas. Arrecifes de extrañas formas. Escaleras, cornisas, desplomes. Es el paisaje elemental. El desierto y el mar. El sol y el viento incesante. Vulcano, Eolo y Neptuno.
Todo esto, que suena muy bonito, e incluso romántico, nunca lo fue para los nativos del cabo. En 1959, no hace ni dos generaciones, Juan Goytisolo describía en Campos de Níjar una comarca calcinada por donde se deslizaban las sombras de la miseria y la emigración, y el coche negro con chófer del terrateniente de origen castellano que decidía, con una hedionda mezcla de patemalismo y altanería racista, la suerte de sus colonos: “Yo, cada vez que veo un descontento, le llamo aparte y le digo: Fulano, tu sitio no es éste”. En la misma crónica viajera, se lee que podía comprarse una casa de pescadores por 3.000 pesetas. Hará un lustro, las últimas se vendieron por 15 millones y, hoy, un solar en San José no baja de 20. ¿Cómo es posible?
