Playas cabo de gata
El atraso secular de la comarca, sus pésimas comunicaciones y la declaración del Parque Natural Cabo de Gata-Níjar en 1987, antes de que pudiesen aterrizar los invernaderos y las grandes promotoras inmobiliarias, son los factores heterogéneos que han obrado el milagro de preservar, y al mismo tiempo revalorizar, uno de los últimos paisajes vírgenes mediterráneos: un paisaje donde, junto a unos pocos testigos melancólicos de la brega humana -minas abandonadas, molinos de viento descompuestos, blancos cortijos salpicados de churretones cobrizos-, se extienden más de 60 kilómetros de costa intacta, casi desde las afueras de la capital almeriense hasta Carboneras.
Entre el faro del cabo de Gata y San José se suceden (es cosa sabida) las playas más espectaculares del parque: como la de los Genoveses, una de las bahías más bellas y luminosas del planeta, que sigue tan salvaje como en 1147, cuando los genoveses desembarcaron en ella decididos a tomar Almería a los moros y así acabar de una vez por todas con las tropelías del pirata local Maimono; o como la de Mónsul, con su alta duna rampante y su punta de la Peineta, decorado del primer día del mundo donde se han grabado desde aventuras de Indiana Jones hasta vídeos de Bisbal… Quien la ha visto una vez, la reconoce después en cien anuncios de televisión y vallas publicitarias.
Estas playas, incluso en pleno invierno, tienen su público. No mucho, la verdad, pero sí llamativo: el hippy que se viene a pasar una semana con sus bongos y su DKV, el dominguero de la cercana capital con su nevera portátil y el madrileño que quiere ir de guay y de sencillo, con abarcas y poncho de jarapa, pero no engaña a nadie porque se mueve en un todoterreno BMW X5 o similar. En cambio, las calas intermedias -Barronal, Basaltos, Lance, Chica, Barranco…-, como sólo tienen acceso a pie, son el paraíso solitario
del nudista y del senderista, dos especies con idénticas querencias pero muy distinto plumaje, según se ve.
