Turismo en cabo de gata
Allende San José y el cerro del Fraile, en Los Escullos, la naturaleza vuelve a demostrar sus dotes de gran escultora: el castillo de San Felipe, una de tantas baterías levantadas en el siglo XVIII para prevenir la piratería, no ha podido defender del ataque del oleaje a la roca sobre la que se asienta, la cual es un catálogo de formas arruinadas o en tan precario equilibrio como la que da nombre a la playa del Arco. Desde aquí se otea la vecina Isleta del Moro, la aldehuela de sabor más marinero del parque, con barcas varadas en la orilla y casitas blancas recortándose sobre un fondo de palmeras. No se molesten: están todas vendidas.
Al trasponer el cercano cerro de la Amatista, se ofrece de sopetón a la vista el valle colorado, como marciano, de Rodalquilar; de ese color oxidado son sus colinas, el poblado fantasma de sus viejas minas de oro y los caminos polvorientos que conducen a las calas del Carnaje -sólo mar y cantos rodados, muy zen- y el Playazo, entre acantilados de los que ya hemos hablado maravillas. Poco más allá, en Las Negras, arranca la pista que lleva hasta la recóndita cala de San Pedro, con su manantial y su torre de prosapia nazarí, donde los hippies más radicales viven larguísimas temporadas del aire, como santones.
Ya casi en límite oriental del parque natural, entre Agua Amarga y Carboneras, Vulcano, Eolo y Neptuno se despiden de nosotros con una sonrisa de un kilómetro, la playa de los Muertos, que es la preferida de los náufragos que, con buen criterio, vienen a morir a esta orilla feliz del Mediterráneo.
