La isla Seymour Norte
La isla Seymour Norte
Acá todo cambió. Fue apoyar un pie en la isla e ipso facto sentí que iba a penetrar, poco a poco, en un mundo diferente. Una caminata de un par de kilómetros despejó mi mente. Lobos marinos que dormitaban al sol apoltronados sobre la arena, colonias de aves marinas de diferentes especies, iguanas marinas reposando sobre lava volcánica petrificada, insensibles a sus afiladas asperezas. Todos estos ejemplares del Reino Animal -nuevos para mí-, tan disímiles entre sí, comparten su indiferencia hacia el ser humano: no parecen percatarse de su presencia o no les molesta en lo más mínimo. En todo caso está claro que no nos temen -obviamente, nadie los agrede- pero no deja de ser una comprobación extraña. Esta no reacción de los animales me hizo olvidar la posición dominante del hombre frente a la naturaleza y me llevó a sentirme parte de ella, al menos por unos días.
El paseo por la isla discurre por un sendero demarcado con estacas pintadas de blanco. Una colonia de piqueros patas azules apareció delante nuestro y fuimos testigos del baile de cortejo de estas aves, todo un espectáculo. El macho aterriza con sus alas abiertas y sus patas -de un intenso color azul- hacia delante, para dar comienzo a una danza de balanceo levantando lentamente cada una de sus palas y finalizando con alas, pico y cola estiradas verticalmente hacia al cielo. El macho silba y la hembra grazna. Después de pavonearse un rato trente a ella, la nueva pareja se pone a juntar ramitas para el nuevo nido. Lo increíble es que el nido no existe, es un simulacro, forma parte del cortejo. Observar estos detalles tan “íntimos” a sólo dos metros fue algo fantástico.
