Visitar las islas galapagos
Con su sombrero panameño y su característica sonrisa, el RR.PP de LanChile Oscar Meier nos esperaba en Ezeiza con todo organizado para partir hacia Ecuador. Nuestra llegada a Quito fue cansadora, el mal tiempo hizo de las suyas retrasando el avión casi cuatro horas, así que la posibilidad de disfrutar todo lo que nos ofrecía el Hotel Hilton Colón fue casi nula. El único placer fue tirarme de cabeza en la cama y dormir a plácidamente las cinco horas que nos quedaban antes de volar hacia nuestro verdadero destino: Las islas Galápagos.
Primero fueron Las Encantadas. Por casualidad Fray Tomas de Berlanga llegó a estas islas en 1535, mientras navegaba de Panamá al Perú. En una carta mandada al Rey Felipe V de España describió el lugar “donde Dios había hecho llover piedras sobre la tierra” afirmando que “no valen nada”, y las llamó Las Encantadas por estar envueltas en bruma. Incluso la primera impresión de Charles Darwin -en 1835- no fue de lo más halagadora: “Nada hay menos atractivo que ver por primera vez estas islas”, comparándolas con “las partes cultivadas de regiones infernales”. Sin embargo 21 días de observación fueron suficientes para quedar cautivado por la historia natural de este archipiélago, al cual consideró un mundo en sí mismo. Y fue aquí donde más tarde sentaría las bases de su trascendental teoría, que saldría a la luz años después en su polémico libro “El origen de las especies y la selección natural”.
Estas islas encantadas, perdidas en el azul del Pacífico, se encuentran a mil kilómetros del Ecuador. La puerta de entrada a las Galápagos es la isla de Baltra: allí aterrizamos. Un paisaje desértico, de evidente origen volcánico, nos dio la bienvenida. Lo primero que hay que tener a mano son 50 dólares para poder entrar al parque nacional. No se aceptan tarjetas de crédito ni cheques.
La gente del Metropolitan Touring nos estaba esperando para llevarnos hasta el puerto de Baltra, donde embarcaríamos en el M/N Santa Cruz en el que pasaríamos cuatro días navegando por diferentes islas, ajustados a un cronograma que rezaba así:
¡BIENVENIDO A BORDO!
• Sus cabinas no tienen llaves.
• 11: 45 charla informativa.
• 12:45 almuerzo.
• 02:30 zafarrancho (simulacro de desembarco).
• 03:00 isla Seymour norte.
• 05:45 retorno a bordo.
• 07:00 conferencia.
• 07:45 cocktail.
• 08:00 cena.
Después de tomar nota de lo que sería nuestro futuro inmediato, tuve la fantasía de tirarme al agua y volver nadando. Tanto horario me desquiciaba, la gélida sensación de estar en un barco militar alemán recorría mi cuerpo y, para colmo, los altavoces en el camarote reforzaban la lectura del cronograma en caso de que uno no hubiese en lanceo levantando lentamente cada una de sus palas y finalizando con alas, pico y cola estiradas verticalmente hacia al cielo. El macho silba y la hembra grazna. Después de pavonearse un rato trente a ella, la nueva pareja se pone a juntar ramitas para el nuevo nido. Lo increíble es que el nido no existe, es un simulacro, forma parte del cortejo. Observar estos detalles tan “íntimos” a sólo dos metros fue algo fantástico.
