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Datos Utiles de Salta

Datos Utiles
■ Cómo llegar: Asatej. Ofrecen el pasaje Buenos Aires – Salta $69 con impuestos./ La Internacional. En ómnibus cuesta alrededor de $60./La mejor época para ir es de mayo a octubre.
■ Dónde dormir: Backpackers. Buenos Aires 930, Salta. $9 por persona o El Peregrino, el mismo precio./ Hostal Regional. En Cafayate. $8 por persona. Malka Hostel San Martín s/n, Tilcara. A 400 metros de la plaza, $9 por persona.
■ Paseos y excursiones: La Veloz Turismo Valles Calchaquíes; 2 días, 1 noche. $70 por persona, no incluye comida ni alojamiento./ Visitar iglesia catedral, iglesia San Francisco Convento de San Bernardo, Cerro San Bernardo, teleférico $4 para estudiantes./ A San Lorenzo, bus $2 ida y vuelta./ En Tilcara, la entrada al Pucará de Tilcara es libre los martes y los demás días cuesta $2.

Escrito poradmin el 16 may 2012 a las 2:06 pm en Argentina | Link Etiquetas: salta turistico

De Salta a La Quíaca

De Salta a La Quíaca.
A San Salvador de Jujuy llegamos de noche y. como siempre, no teníamos ni idea de dónde dormir. En la oficina de turismo nos recomendaron la casa de una señora que alquilaba cuartos cerca de la terminal. Fue muy cálida con nosotras, nos atendió muy bien y hasta nos ayudó a cocinar.
Tomamos el bondi para Purmamarca bien temprano para aprovechar el día. Nos recibió el impactante Cerro de los Siete Colores y después vagabundeamos por Purmamarca. Por suerte seguimos la recomendación de hacer la Vuelta a Los Rojos, que es alucinante. Empezamos por el cementerio y seguimos por el caminito del paseo, pero vencidas por el calor y el peso de las mochilas, Nana y yo abandonamos. Decidimos volver al pueblo y pasamos un rato en la plaza jugando con unos chiquitos divinos que nos introdujeron en la práctica del trueque: se dejaron sacar fotos por caramelos y helados.

Al rato llegó el resto de las chicas y enseguida partimos para Tilcara en una especie de pick up remise, que cuesta lo mismo que el bondi pero te deja donde queras y va mucho más rápido. Elegimos el albergue Malka, sobre una colina desde la cual se ve todo el pueblo. Son muchas cabanas con un par de habitaciones, cocina y un quincho para hacer asados. La gente tiene muy buena onda y encontrás desde argentinos y chilenos hasta suizos y australianos. Fue el mejor albergue de todo el viaje. A la noche no hay mucho para hacer en Tilcara, salvo alguna que otra peña que se organiza alrededor de la plaza.
Al día siguiente fuimos al Pucará de Tilcara, una fortaleza pre hispánica con una vista alucinante, a 2.461 metros sobre el nivel del mar. Además de ruinas, hay un jardín botánico con cactus de todo tipo y tamaño, llamas, y un mercado artesanal.
De regreso, nos encontramos con unos chicos que habíamos conocido jugando al truco. Tuvimos la grandiosa idea de hacer un asadito: Manu y Nicolás se fueron a comprar la carne, Nana y Diego las verduras y el Turco y yo compramos el carbón.
Prendieron el fuego tipo diez de la noche. El olorcito fue recorriendo cada cabana y al final terminó todo el albergue comiendo nuestro asado, que no estuvo listo hasta pasada la medianoche. La noche se prolongó quién sabe hasta qué hora, animada por quién sabe cuántos daiquiris de durazno.
Al otro día no sé cómo hicimos para levantarnos temprano y llegar a la estación a tiempo. El bondi salió para Humahuaca a las diez de la mañana y llegamos a destino a las 12, justo para ver a todo el pueblo y todos los turistas reunidos en la plaza principal para ser bendecidos ante una  imagen de San Francisco Solano. La ceremonia no dura más de  dos minutos, pero lo lindo es el ambiente que se vive alrededor: niños cantores, vendedores de souvenirs y demás personajes que te encontrás en la plaza a la espera de la bendición.
Después, recorrida por el pueblito y subida de los ciento y pico de escalones hasta el Monumento de la Independencia. Paramos en un bar para refugiarnos de la lluvia y matar el tiempo. Allí nos encontramos con dos chicos que, como nosotras, se iban para Bolivia y podían ayudarnos a cruzar la frontera que, según nos habían dicho, era peligrosa. Nos pegamos a ellos por el resto del día. A la noche sacamos los pasajes para La Quiaca. Cuando llegó el bondi, oh, sorpresa, no había asientos. Esperamos el siguiente. Ocurrió lo mismo. Y no sólo con el segundo, sino también con el siguiente y el otro, y el otro. No había asientos en ningún micro. Al final, nos tomamos el último micro de la noche en el que tampoco había asientos: tuvimos que viajar paradas desde Humahuaca hasta La Quiaca. Dormir en el pasillo fue una pesadilla. Algo parecido a la peor noche de nuestras vidas. Pero nada es eterno: cuando nos calmamos, ya estábamos en La Quiaca, en la punta de la Argentina.

Escrito poradmin el 11 may 2012 a las 6:52 pm en Argentina | Link Etiquetas: ruta de salta a jujuy, ruta salta jujuy

Valle de Cafayate

La Vuelta a los valles.

Nos levantamos a las siete para encontrarnos en la puerta -con huellas casi indelebles de almohada en nuestras caras- con Alberto, el guía, y Gian Luca, un italiano que venía con nosotras. Ahí empezó la aventura.
Desde que nos subimos a la camioneta fue imposible dejar de sorprendernos con el espectacular escenario que nos rodeaba. El paisaje montañoso era de una belleza de verdad increíble. Tanto, que a Nana se le escaparon un par de lágrimas de emoción. El pobre Alberto tenía que frenar cada dos minutos para que bajáramos a sacar fotos. Nos impactaron especialmente la Cuesta del Obispo y el Valle Encantado.
Alrededor del mediodía llegamos a Cachi, un pueblito lleno de magia con una población que no supera los 500 habitantes. Fue un placer improvisar un picnic de pan, queso y mayonesa en la plaza del pueblo.
Después, caminata por las callecitas calladas y solitarias, gastando rollos y más rollos de fotos. Después de visitar el museo volvimos sin muchas ganas a la camioneta para seguir viaje. Nos esperaba Cafayate.
Durante todo el camino la vista era imperdible. Las montañas forman figuras que pueden pasar inadvertidas sin la ayuda de un guía. De pronto, Alberto anunció nuestra llegada a Marte. Nos preguntamos si estaba loco o si le había caído mal la comida de Cachi, cuando llegamos a la Quebrada de las Flechas y entendimos: realmente, parecía otro planeta.
Cuando faltaba poco para llegar a Cafayate se largó a llover a cántaros. El río subió y se interpuso en nuestro camino. Fue el inicio de una etapa de turismo aventura. Nos bajamos todos y buscamos un par de ramas para medir la profundidad del río. No era mucha, pero la camioneta no estaba preparada para esos trotes. Para evitar el riesgo de que se atascara, decidimos sacarnos las zapatillas y cruzar a pie. Finalmente la camionetita, que parecía de lo más humilde, terminó portándose como una 4 x 4 y Alberto, como un chofer de primera. Pero era sólo el principio: tuvimos que cruzar cinco ríos más, uno más profundo que el otro. No sé cómo lo logramos.
Al día siguiente volvimos a levantarnos temprano para visitar las bodegas Etchart, donde nos mostraron el proceso de elaboración del vino, desde los enormes viñedos hasta el embotellamiento.
Volvimos a Cafayate y recorrimos un rato el pueblo. Dimos vueltas por las calles hasta hartarnos y, para no romper nuestra costumbre, almorzamos en la plaza principal. Después de visitar la Catedral, nos dedicamos a vaciar las tiendas de artesanías, que son multitud en Cafayate. Cuando nos cansamos de hacer shopping volvimos a la camioneta para seguir viaje hacia Salta.
El tour estaba llegando a su fin, pero los paisajes no dejaban de sorprendernos. Esta parte del camino es la mejor. Fue una hora de frenar cada cinco minutos para admirar el impresionante escenario natural. Pasamos por la Quebrada de Cafayate, El Anfiteatro y La Garganta del Diablo, tres lugares imperdibles. En el camino enconarás mil figuras que parecen esculpidas en las coloridas montañas, como Los Monjes, El Obelisco, El Fantasma, El Gorila y El Sapo. El camino de vuelta a Salta es un sinfín de increíbles obras de arte hechas por la naturaleza. Unas horas después estábamos de nuevo en Salta. Agotadas de tanta travesía, nos fuimos a dormir.

Escrito poradmin el 10 may 2012 a las 3:31 pm en Argentina | Link Etiquetas: imagenes de cafayate, quebrada de cafayate

Un viaje a Salta

Pasamos de los planes a los hechos el 5 de enero, cuando tomamos el avión a Salta. Maga y yo estábamos muy excitadas, mirando por la ventana; Georgi dormía, como siempre; Mari estaba en otro mundo, con su música, y Nana y Manu no paraban de chusmear. Dos horas después llegamos a Salta, la linda.
Tomamos un bondi que nos llevó del aeropuerto hasta el albergue Backpackers. A pesar de creernos atípicas, ahí nos encontramos con la primera complicación típica de un viaje de mochileras: estábamos en un sitio desconocido, de noche, cargando cada una su mochila de no menos de diez kilos y… ¡no había lugar! Por suerte, los chicos de la recepción nos dieron la dirección de otro albergue: El Peregrino, un lugar lindo, limpio y muy bien ubicado, aunque, para nuestro gusto, demasiado tranquilo.
Al día siguiente nos levantamos muy temprano y volvimos al otro albergue. Dejamos las cosas y empezamos nuestro recorrido exploratorio por la ciudad de Salta. Subimos en teleférico al cerro San Bernardo desde donde hay una vista increíble. Nos cansamos de sacar fotos.
Cuando bajamos del cerro, parecía que se venía una lluvia torrencial, nada rara en esta época. Ante esa amenaza, algunas de las chicas se fueron a dormir y otras enfilamos para la oficina de turismo a averiguar un poco de todo. Muy amablemente, nos informaron sobre distintas agencias de turismo para hacer el tour de la vuelta a los Valles Calchaquíes y nos dieron un mapa de la ciudad con los lugares que no podíamos dejar de visitar, como la Catedral, la Iglesia San Francisco y el Convento San Bernardo. También nos tiraron un par de datos de la noche salteña.
Con nuestro trabajo de investigación terminado, volvimos al albergue a considerar con las chicas los precios y los últimos detalles del tour que íbamos a hacer al día siguiente. Teníamos todo listo, pero a último momento, Adrián, uno de los chicos que trabaja en Backpackers, nos recomendó fervorosamente otra agencia. No sé cómo, nos pusimos de acuerdo y la contratamos.

Escrito poradmin el 09 may 2012 a las 7:42 pm en Argentina | Link Etiquetas: tucuman valles calchaquies, valle calchaqui

Cerro Chapelco

En el cerro, mientras tanto, a las propuestas clásicas del esquí y el snowboard se suman las motos de nieve, el snowshoeing —caminatas con raquetas-, los trineos tirados por perros y las cabalgatas por el bosque, entre otras actividades.
En todos los casos, el blanco domina la escena y la respiración agitada con “humito” es sinónimo del entusiasmo contagioso de la gente que llega en dulce montón apenas caen los primeros copos. Son adoradores de la nieve de todas las edades: familias, amigos, parejas y hasta solos y solas. Todos están ansiosos por subir, por llegar, por llenarse los pulmones de ese aire puro, fresco. En esquís, en tabla de snowboard, con maestría o a los tumbos, como puedan… Es la magia de Chapelco: es apto para todos los públicos, con todos los niveles de habilidades y la parafernalia entera que el esquiador exige en estos días. Clases individuales y grupales, guardería y escuela para niños, primeros auxilios, refugios, restaurantes… Este año, además, sumaron un Plan Familiar con descuentos del 10% al primer hijo y del 20% al segundo en los servicios de pases, equipos y clases, si viajan con uno o ambos padres. Además, la temporada baja se extiende hasta la primera semana de julio y se estrena la escuela de snowboard, para convencer a los teenagers de animarse con uno de los deportes más “en alza” en materia de nieve. Basta dar una vuelta por esas pistas, reparar en la edad promedio de su público y los pantalones anchos, de tiro bajo, para entender que los snowboarders son los más cancheros de cualquier centro invernal.
Entre las novedades de la villa, por su parte, se anota el Redbus, un ómnibus de doble altura al mejor estilo Londres que ofrece city tours diariamente desde la Plaza San Martín. Además, los precios han bajado sensiblemente no sólo en el cerro, sino también en hotelería y restaurantes. Este año la presentación de la credencial de medios será suficiente para ser beneficiado con descuentos de hasta el 20% en alojamiento y comida. Si a eso le suma la gran cantidad de cabanas -ya sea tanto al pie de las pistas al estilo Los Techos o más alejadas pero de primer nivel como Paihuen, plus la oferta inmensa de diferentes categorías con las que se ha poblado la villa en las últimas temporadas- y que permiten economizar bastante, dejando las salidas a comer afuera para ocasiones especiales, resulta que un ski week ya no es aquella vacación de lujo de otros años. Si hasta se consiguen en Internet… (ver datos útiles).
Para agendar, en el calendario 2000 se anotan las ya clásicas Ocho Horas de Chapelco (una carrera non stop, con la participación de las mejores parejas de esquiadores nacionales y representantes de los Estados Unidos, Austria y España) que se correrán el 2 de julio; y las veladas de los viernes que prolongan la jornada en la pista 63 iluminada, comiendo en Antulauquen y emprendiendo finalmente el descenso en telecabina o en la emotiva bajada de antorchas.
Por último, a la hora del volver el tiempo parece haber volado. Igual que al hacer slalom, al dejarse llevar por los trineos de perros o al hacer piruetas en el half pipe con la tabla de snowboard. El vértigo de la nieve. Basta con una semana para vivirlo a pleno.

Escrito poradmin el 03 may 2012 a las 3:31 pm en Argentina | Link Etiquetas: cerro chapelco 2011, clima cerro chapelco

Chapelco

No hay como la cumbre más alta de Chapelco para sentirse cerca del Lanín. Una semana entera es la dosis perfecta de nieve, montaña y ejercicio. Llegar en vuelo directo al aeropuerto y alojarse en una habitación calentita o una cabana que lo aguarda con el hogar encendido. Abrir las maletas, preparar y ajustar el equipo y esperar a la mañana siguiente para lanzarse a las pistas… de esquí, claro. El primer día a pleno: de arriba abajo cada minuto. A gastar las ganas de esquiar contenidas durante todo el año. Y al otro día, un dolor de piernas, de espalda, de músculos…de todo, que sin embargo no doblega el entusiasmo. Salir por la noche, atiborrarse de ahumados, patés y truchas en La Tasca y Mendieta, hacer amigos, encontrarse en la Pradera del Puma al otro día, bajar la cumbre del cerro Teta, gastar las horas hasta que cae el sol y elegir un restaurante de pastas como Pionieri o la cocina étnica de Avataras por la noche. Así, a puro esquí y diversión llega indefectiblemente la última jornada de un ski week que rinde como dos.
Deporte, aire puro, música, baile y un montón de calorías de las más ricas hacen de Chapelco uno de los destinos más sensatos del universo de la nieve: por su aeropuerto, sus caminos asfaltados, la completa infraestructura y todos los servicios de la villa a sus pies, San Martín de Los Andes es uno de los preferidos argentinos. Literalmente, Chapelco es la razón de ser del invierno en la comarca neuquina. Los esquiadores se adueñan del lugar y hacen rodar su buen humor en el trazado regular de sus anchas calles.
En pleno centro, en la esquina de San Martín y Elordi, el Centro de Atención de Chapelco recibe consultas y expende pases para medios de elevación, clases de esquí, reservas de equipos. Un alto en ese vértice urbano es la mejor forma de llegar a la base, dejar el auto y tener todo listo para dedicarse a lo más importante: la diversión en sus múltiples versiones. Si anda a pie, desde la terminal de ómnibus a una cuadra de la costanera, dos empresas de micros tienen servicios de traslados hacia y desde el Cerro Chapelco.
Pero si un día le da fiaca, todo le duele demasiado, o va simplemente en carácter de consorte y ni se le cruza la idea de calzarse los esquís, también está en el lugar indicado. Un paseo por el Lácar -el lago propio de la villa-, las vidrieras de la avenida San Martín -especialmente Origen, La oveja negra y Raíces- y la cascada Chachín son parte de las alternativas que excluyen el plano inclinado. Para llegar hasta allí, es preciso tomar la excursión a Hua Hum de día completo que zarpa a las diez de la mañana. Es ideal para conocer los bosques de araucarias -el árbol de la provincia del Neuquén- siguiendo los senderos nevados, con el rumor del agua de fondo. El particular sonido de las suelas de los borceguíes sobre la nieve aviva el paso de la gente y confirma la intensidad del silencio circundante.
Una versión más breve -de sólo medio día- implica embarcarse en el paseo a Quila Quina, conocido enclave mapuche que hoy se ve enaltecido por la presencia de flamantes casas de veraneo. Se trata de loteos que cautivaron a sus dueños con los altísimos árboles de la zona y pronto hicieron de ella una agradable área residencial, en la que los mapuches conviven con los vecinos más ricos del lugar.

Escrito poradmin el 01 may 2012 a las 2:42 pm en Argentina | Link Etiquetas: cerro chapelco, cerro chapelco 2011

Valle de Traslasierra

El próximo paso era el Valle de Traslasierra, nuestro destino: Yacanto y San Javier, a los pies del Champaquí, cerro que alcanza los 2.800 metros, el más alto de Córdoba.
Por la ruta 14 llegamos de noche al Hotel Yacanto; recién al día siguiente pudimos apreciar el despliegue de pinos añosos, Crataegus, álamos que ya delataban el incipiente otoño y el verde eterno de un campo de golf de nueve hovos, con telón de fondo serrano. Hay jardines con acequias, pileta alimentada con agua de vertiente, canteros floridos y una atmósfera inglesa por donde uno mire.
Desde 1966, la familia Madero está a cargo del hotel construido por los ingleses en la década del ’20. Todo está como era entonces. En las gigantescas habitaciones del Yacanto relucen las camas de bronce en tanto las bañaderas con patas sostienen su dignidad. Vale tomarse un martini en el bar, apoltronado en los comodísimos sillones, paso previo a la cena en el comedor con piso de madera, donde la chimenea arde.
Diferente propuesta ofrece La Castellana, una pequeña hostería con jardines floridos surcados por el arroyo Yacanto, que allí se hace remanso de piletas naturales. La casa tiene cuatro habitaciones amplias, capaces de hospedar a diez personas. Desde este lugar se organizan caminatas y cabalgatas que concluyen en La Cumbrecita, con parada en distintos puestos.
Rozando el mediodía pusimos proa a San Javier, un pueblo que se niega a cualquier modernización. Las calles son de tierra, los paisanos siguen atando al palenque sus caballos y la vida social se organiza en torno a la plaza, con su correspondiente iglesia. A metros de ésta, destaca La Posoda del Cerro. Los flamantes propietarios modificaron su fisonomía enfatizando el estilo rústico y el “clima de casa”.
San Javier es sitio favorito de artesanos, como los orfebres José Cozrani y Elio Marocchi, quienes encuentran en esta miniatura edénica la mejor fuente de inspiración.
Sara y Alfredo Niederhauser, hicieron un minucioso relevamiento de las artesanías vernáculas y le dieron cabida a todas en su local, Los Olivos. Si usted es adicto al shopping regional, resérvese tiempo y dinero para distraer allí, no sabrá por dónde empezar.
Siete kilómetros más arriba, en la Quebrada del Tigre, Alicia Cristensen abrió la hostería La Constancia, con vista excepcional al Valle de Traslasierra y capilla propia. Antes de emprender la retirada, dése una vueltita por La Casa de ]uana, cita golosa obligada. Pruebe las colaciones, riquísimas.
Ya al final de nuestro periplo, sólo queríamos llegar a la última meta: Los Lajas, en Achiras a 65 km de Río Cuarto. El trayecto funcionó como un largo paréntesis por tierras pun-tanas, un letargo que se desvaneció cuando divisamos la entrada a la estancia, donde la placidez plantó bandera.
Hay glorietas abrazadas por una ampelopsis de tonos rosados más suaves o más rojizos, una fuente redonda como la luna, una pajarera devenida invernadero, un campo de ondulaciones veleidosas y algunos caranchos estrenando el sol de la mañana. Y hay más: están la capilla de piedra, que despunta donde los eucaliptus no alcanzan a derramar su sombra, el canto monocorde de agua que trae el Dique Las Lajas y un perro lanudo y enorme con ese nombre que le queda chico: Guffy.
El tiempo fue borrando algunos esplendores pero no pudo con la historia. Aunque la estancia cambió tantas veces de destino como de dueño, mantiene intactas sus señas de identidad. Perteneció a Don José de Cabrera y Velazco, chozno de Don Gonzalo Manuel de Cabrera. Entonces el lugar era una gran vaquería. A principios de siglo, su nuevo propietario la destinó a la extracción de mármol. De aquella época, quedan el dique sobre el arroyo con un sistema de acequias que termina en acueducto tipo romano. El embalse, en cambio, fue idea del empresario Víctor Maggi, amo y señor de la estancia desde 1925, quien materializó sus anhelos de ocio cuando logró convertir a Las Lajas en un refugio romántico, acorde con la estética de principios de siglo.
Una empresa inglesa de ferrocarriles la compró más tarde para instalar su colonia de vacaciones pero al cabo de unos añoí, con la nacionalización del ferrocarril, el campo se vendió y así se inició un período de deterioro que culminó con la venta del campo.
Ahora, y desde hace cuatro años, la estancia luce remozada y está asociada al turismo rural, ofreciendo un repertorio completo de actividades -voley, fútbol, ping pong, paseos a caballo- todas placenteras, todas al alcance de la mano.
Las Lajas depara otros disfrutes que no figuran en ningún folleto: fuimos premiados con empanadas fritas y un chivito a las llamas, mérito de Alberto, el asador de la estancia. Es ley criolla que el chivito y la espera se llevan bien, y como Alberto es un criollo de ley, se tomó su tiempo. Al cabo de casi cuatro horas de fuego sostenido, la carne dorada nos hizo relamer igual que los gatos que merodeaban por ahí codiciando nuestra cena. Para chuparse los dedos.
Por la mañana, el opulento desayuno mirando el despertar del campo, templó la despedida. Todo concluyó como debía: Carlos Tello incorporó algunos hábitos campestres, Julie transformó en última foto la atmósfera lánguida del lugar, y yo todavía me mantengo en esa suerte de ingravidez que provocan ciertos viajes a los que cuesta ponerles punto final.

Escrito poradmin el 27 abr 2012 a las 2:02 pm en Argentina | Link Etiquetas: cabañas traslasierra, valle traslasierra

La Posada del Qenti

A la vera del camino que conduce a La Posada del Qenti, asoman carteles que prometen lo más parecido al cielo: “prepárese para encontrar nuevos amigos, imagine un lugar de ensueños, aquí recuperará su energía”. Puertas adentro, las promesas se develan como multipropuesta antistress capaz de curar todos los males que en la ciudad supimos conseguir.
La posada, de estilo colonial, despunta en lo alto de una colina, al amparo del privilegiado microclima que caracteriza al Valle de Punilla, donde abundan arroyos, minas de cuarzo, manantiales de agua mineral y esa verde mansedumbre de la pradera, custodiada por las Sierras Chicas. Unos pocos kilómetros la separan de Córdoba capital y aunque Carlos Paz queda a tiro de piedra, desde aquí la ciudad se antoja lejana.
Julie, Carlos Tello -el director de arte de LUGARES que todavía no puede creer haber sido liberado por unos días de su destino de hombre mirando el monitor- y yo, nos dispusimos a asimilar un ritmo nada frecuente para quienes
solemos andar por la vida con los pelos de punta. Mientras apagamos los cigarrillos, nos preguntamos si lo nuestro tenía remedio o simplemente pertenecíamos a la categoría inapelable de casos perdidos. Error, en este templo de salud todo es remediable, hay un plan para cada necesidad. ¿Su inquietud es liberarse de los signos de fatiga y mejorar el aspecto de la piel? Entonces, sólo es cuestión de abandonarse al tratamiento de belleza y relax. Para quienes no pueden evitar encender un cigarrillo atrás de otro, un grupo de profesionales ideó un plan perfecto para empezar a decirle adiós al tabaco. En cambio, aquellos que pretendan bajar de peso deberán seguir al pie de la letra un programa intensivo que incluye masajes reductores y por supuesto, un control nutricional sin concesiones.
En el Qenti se come, en principio, sano; no se admiten desbordes pero tampoco se aplican restricciones fundamenta-listas porque la consigna es salud más placer. El repertorio de terapias revitalizantes es amplio, pero por ningún motivo podrá saltear el chequeo médico inicial que le permitirá saber a ciencia cierta cuál es su opción más apropiada.
Darse chapuzones en la pileta climatizada, entregarse a las alborotadas aguas del spa, jugar al tenis, andar a caballo, o merodear por la huerta orgánica y granja propias, cuidadas por las manos expertas de personal de INTA, figuran en la lista de distracciones posibles, que combinan bien con las terapias reparadoras de la posada. Naturaleza e infraestructura moderna aquí van de la mano, planteando una mixtura interesante que amerita ser incursionada.
Después de esta primera aproximación a una puesta a punto psicocorporal, encaramos el periplo hacia Mina Clavero. A dos kilómetros de Cuesta Blanca, por el camino a las Altas Cumbres, hay un criadero -Hayke— de truchas y langostas de agua dulce, oriundas de Nueva Guinea y Australia. Parece que estos crustáceos azulados son tan ricos como sus parientes de los mares, y ya hay varios reductos gourmet que los están incluyendo en su carta. En el lago cercano al criadero se pueden pescar truchas, es fácil verlas en el agua, vivitas y coleando. Y si lo suyo no son los crustáceos ni la pesca, dése un paseíto por el parque, vale la pena.
La lluvia en continuado, la espesa neblina y el viento, nos obligaron a reponer calorías en la Fundación Cóndor, que no debe confundirse, como nos pasó, con El Cóndor -bar junto a la única estación de servicio de ese paraje- donde, dicen, sirven el sandwich de bondiola más rico del mundo.
Nos encontró la noche buscando la hostería Santa María de las Casas Viejas; allí nos esperaban con la chimenea encendida y una mesa puesta que auguraba delicias. La charla se prolongó hasta lo inimaginable gracias a Marta y Carlos Pons, anfitriones que tienen el don de hechizar a sus huéspedes con relatos de provincia, secretos de cocina —Marta es santiagueña, prepara empanadas como nadie- y una calidez infinita.
El casco del siglo pasado, en el que impera el calor de hogar, ocupa un terreno que declina en suave hondonada hacia un arroyo. No abundan lujos pero los ambientes, que parecen extenderse hacia las sierras, son super confortables. Cada rincón de la casa invita al abandono ocioso, y a pesar de haber crecido en estos años, las ampliaciones no lograron desnaturalizarla.
En un principio Santa María fue estancia, luego parador y después casa de veraneo. Cuando los Pons la descubrieron sintieron que éste era su lugar en el mundo. Por eso, desde hace tres años comparten la quimera del paraíso propio con unos amigos, a quienes no les costó convencer de comprar en conjunto este enclave.
Piedras en el camino no faltaron, mucho menos tratándose de Córdoba. Lo más grave era la falta de agua, cuestión que no parecía resolverse ni siquiera con la ayuda de la hija de los Pons, geóloga. Tiempo después conocieron a un radomante, Don Alanís, quien descubrió tres vertientes; más tarde llamaron a un curioso dinamitero que alterna ese oficio con el de pochoclero. La dinamita hizo el resto y hoy, la falta de agua es historia antigua.
El sol se dignó salir a la mañana siguiente colándose por cada una de las ventanas de la hostería para iluminar las vigas de madera, la chimenea, los muebles de campo y una cantidad de objetos entrañables que pertenecen a la novela familiar de los dueños de casa.
Pos desayuno superlativo -léase dulces, miel, medialunas, tostadas, tortas, jugos y café- cuerpo y alma estaban listos para el paseo a caballo a través de las 200 hectáreas de campo que abarca la finca. Andábamos en fila por entre las piedras, capeando espinillos, acacias y molles, envueltos en el aroma tan cordobés de lavanda y peperina; de a ratos nos sorprendía un colchón de ipomeas y berbenas para completar la escena bucólica como el campo manda. Bordeamos el arroyo más allá de las piletas y toboganes naturales, donde nadie se priva de pegarse unas buenas zambullidas, en verano, claro. Cuando el viento helado comenzó a azuzar las cortaderas emprendimos la retirada, dejando que frío y sol se disputaran la partida mientras, en el espacio protector de la casa, aguardaba una gloriosa sopa que hizo las veces de calefactor. Dicen que lo bueno si breve… pero con gusto me hubiera eternizado junto al fuego, sin otra ambición que contemplar la estampa aguerrida de las sierras dibujando el horizonte. Antes de partir, visitamos el taller de Atilio López, artesano que compone maravillas en cerámica negra, según técnica que heredara de sus padres y abuelos. Las manos del genial López jamás se detienen: amasan el barro arcilloso con ahínco y le van dando inspiradas formas. Su obra cumbre: un Cristo de barro ubicado en la montaña, figura que da consuelo a cualquier desolación. Rumbo a Yacanto nos detuvimos a cinco kilómetros del pueblo de Nono, en el Museo Rocsen, cuya fachada simula un templo romano donde se exhibe una seguidilla ecléctica de personajes: desde Buda hasta Martin Luther King, sin solución de continuidad. Hubo lugar para Leonardo Da Vinci y San Francisco de Asís como para otros artistas y pacifistas, en cambio quedaron afuera Césares y Napoleones. Su fundador, el francés Juan Sebastián Bou-chon, se define como un humanista que rinde culto a la memoria. Trasponer el umbral del Rocsen es asomarse a la historia de manera poco solemne: los 1.300 metros cubiertos de museo albergan una colección de más de 15 mil piezas clasificadas por temas, que incluye carretas, cámaras fotográficas, fonógrafos, utensilios indígenas y monociclos, entre tantos otros objetos que conforman una trama bizarra de tesoros del tiempo de ñaupa. ¿Qué quiere decir Rocsen? Roca santa en celta, oportuno nombre elegido por Bouchon, hombre comprometido con la cultura que se esmera en imaginar un mundo sin hambre ni guerras.
En Nono queda San Huberto, una impresionante hostería estilo alemán que hace dos años fue refaccionada, aunque conservando ciertos curiosos detalles originales, como esa lámpara de madera pergeñada por un marino del Graf Spee.

Escrito poradmin el 26 abr 2012 a las 7:07 pm en Argentina | Link Etiquetas: posada del qenti, posada del qenti carlos paz

Sierras chicas de cordoba

La villa se recorta sobre un flanco de las Sierras Chicas y la envuelve un color inconfundible: La Cumbre es verde. Verde campo, verde fronda, verde arboledas. Verde golf, lo que equivale a decir verde inglés. De ingleses afincados a finales del XIX por obra y gracia del ferrocarril. Claro que los primeros en pisar tales dominios de comechingones no fueron ingleses, sino españoles. A ellos se debe el apodo con diminutivo de puna que se le adjudicó al valle y sus serranías, que va desde Villa Carlos Paz hasta Capilla del Monte, incluido Los Terrones, formaciones -por erosión- de areniscas roj izas que se dan en el paso a Quebrada de Luna y Ongamira. “Ojo, es Quebrada de Luna y no de la Luna”, me aclara Pinocho Capdevila, secretario de prensa de la Oficina de Turismo de La Cumbre, “porque se trata de un nombre propio, de alguien que se llamó Luna”.
Las benéficos efectos del aire serrano y la agreste geografía del Valle de Punilla, atrajeron a una ristra de familias de la alta sociedad argentina en los albores del siglo pasado. Bajo el sello de la distinción y al amparo de la flema inglesa deseosa de reinventarse a sí misma, el enclave cobró sentido y fama verano tras verano. Muchos se fueron quedando y terminaron por hacer de La Cumbre un destino soñado para sus ensoñaciones creativas. El caso más conspicuo fue el de Manuel Mujica Lainez, que se instaló en 1969 en su mansión El Paraíso y allí murió, en 1984, con un aura de gloria iluminada. La casa, bien sabido es, se constituyó en hito inesquivable a la hora de un reconocimiento turístico cumbreño.
En 1922 se levantó el Reydon Hotel. Lo hizo construir el abuelo de Daphne Pearson, ahora al frente del reanimado hospedaje que por 21 años funcionó, además, como escuela. Los apellidos oriundos del Reino Unido se iban sumando y entre todos ayudaron a forjar ese carácter insular tan británico que siempre mostró La Cumbre.
Dinamizada por los reclamos turísticos del presente, el elitismo fue cediendo paso a un criterio de hospitalidad mucho más amplio. La hotelería, visiblemente in crescendo, aporta nuevas y renovadas opciones hasta en cabanas y bungalows. El punto de encuentro, que antes reuniera a los lugareños en el bar La Recova, se fue desplazando hacia La Gran Aldea, aún para un mero café al paso. Incluso hay más negocios, aunque sigue siendo un placer comprar en La Urraca, de Susy Withrington.
Figuras relevantes de la pintura como Miguel Ocampo y Remo Bianchedi ya no están solas en la galaxia de las artes plásticas. No menos de diez son los creativos que suman estilos y todos -excepción de Ocampo y Bianchedi- tienen sus talleres abiertos al público. La ruta cultural, deno-
minada Taller Abierto, culmina en Capilla del Monte.
En otra escala, las artesanías también permiten -a lo largo de ocho kilómetros, desde La Cumbre a Villa Giardino- eslabonar las ofertas más variopintas en el Camino de los Artesanos. Pionera de esta movida es la granja biológica Los Jardines de Yaya, que arrancó en el ’82. Me atrajeron la platería de Guayrapá, en el taller de Jean Camo, y las prendas de telar de La Esquina.
Al margen de esta ruta, un imperdible es el Domaine de Puberclair, universo azul de lavandas que Hugo Cortés y su mujer Marisa crearon hace 13 años, a partir de cultivares propios. Aquí el viajero puede gratificarse con lociones, bolsitas de flores, ramitos de espigas, en fin, mil caprichitos de calidad sobresaliente.
Visitar La Cumbre tiene sus razones, que no son pocas. Tiene la galería de arte Rolotti. Tiene el Museo Cacique Balata, con una colección privada de Nemesio Víctor Barrera de cinco mil piezas, pertenecientes a las culturas comenchingona, sanavirona y mapuche. Tiene la iglesia de Nuestra Señora del Carmen, patrona de la ciudad. Tiene la estancia El Rosario, con su paradigmático quehacer de dulces y alfajores que parece haber resurgido de las cenizas. Tiene el dique San Jerónimo. Tiene un balneario sobre el Río Pintos. Tiene un Cristo Redentor. Tiene un castillo (el de Mandl), único vestigio germano en este reducto inglés. Tiene aeroclub, parapente en Cuchi Corral, 4×4, cabalgatas, trekking, Halloween… Y tiene los 18 hoyos del golf, qué menos.

Escrito poradmin el 20 abr 2012 a las 8:07 pm en Argentina | Link Etiquetas: sierras chicas, sierras de córdoba

Informacion sobre las cataratas del iguazú

Cataratas: qué, cómo y cuánto
Del lado argentino. Tel: (03757) 42-3305. La entrada cuesta $9. Menores de seis, gratis. Incluye entrada al Parque, pasarelas y recorridos en el trencito. Ya está vigente el horario de verano: todos los días de 8 a 19.
■ Tren a gas. Chiquito, como de juguete, es el vehículo para circular. Tiene dos estaciones, Cataratas, al pie de las remozadas pasarelas, y Garganta del Diablo.
■ Circuito inferior. Se trata de estructuras metálicas elevadas, aptas para discapacitados.
■ Circuito superior. Es una de las últimas obras, cuenta con camino de ida y otro de vuelta.
■ Garganta del Diablo. Aún no están terminadas las pasarelas que llegan al mirador. Así que hasta que se complete el nuevo trazado, se sigue saliendo en lancha de Puerto Canoas.
■ Para comer. La Rueda. En Iguazú. Tel: (03757) 42-2531. Clásico conocido por sus buenos pescados de río.
■ Del lado brasileño. Tel: (0055-45) 572-2261. La entrada cuesta E reales, el ingreso está permitido de martes a domingo de 8 a 17 y los lunes de 13 a 17.
■ Coatíes. Del lado argentino, ya se sabe, no es fácil verlos. Hay car teles conminando a no darles de comer a estos animales y es bue no que así sea: es deber de todos preservar la naturaleza. Del otrc lado, en Brasil, donde sí está permitido alimentarlos, se los ve e montones, pero dan un espectáculo penoso, revolviendo tachos de basura convertidos en mendigos urbanos.
■ Helicópteros. Otra de las “luchas” Argentina-Brasil. Siguen saliendo del país vecino, pero ahora tienen que hacerlo desde fuera del Parque Nacional y el sobrevuelo es a mayor altura, con lo cual se minimiza un poco el castigo del ruido ambiental. Helisul. Tel: (0055-45) 523-1190/8387. El paseo de 10 minutos cuesta u$s 60.
■ Hotel Internacional Das Cataratas. Tel: (0055-45) 521-7000. E-mail: resctr@tropicalhotel.com.br. El único dentro del parque en el lado brasileño. Desde u$s 170 la doble. Paquete lgua?u Tropical: 3 noches con desayuno, traslados desde el aeropuerto, entrada al parque, 2 comidas por persona y el safari Macuco, desde u$s 404 la doble.

Escrito poradmin el 11 feb 2012 a las 3:01 pm en Argentina | Link Etiquetas: hotel en cataratas del iguazu, turismo en cataratas del iguazu

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