Brunei
Todos los días, un poco antes de las seis de la mañana, el almuecín dirige sus pasos hacia el elevador eléctrico, que lo lleva rápidamente a lo alto del minarete de la hermosa mezquita de Ornar Alí Saifuddin. Una vez allí, según la costumbre, llama al pueblo musulmán a la oración. Pero, en vez de hacerlo a voz en cuello —como sus antepasados— utiliza unos poderosos altoparlantes que harán resonar su voz por todos los rincones de Bandar Seri Begawán, la capital de Brunei.
La estricta tradición musulmana no tiene reparos en utilizar los medios técnicos más modernos para acentuar su presencia en el Sultanato de Brunei (el país más pequeño del Asia, después de Singapur), donde la enorme riqueza petrolera de su subsuelo ha liberado a sus ciudadanos del pago de impuestos personales y de propiedad, así como —entre otros muchos privilegios— les permite disfrutar de formidables beneficios sociales, entre ellos educación y hospitalización gratuitas.
Esta pequeña nación donde hoy en día los bancos superan en número a los cafés (ocho grandes empresas bancarias tienen abiertas veinte sucursales importantes) todavía encierra mucho de primitivo. A pesar de su extraordinario desarrollo económico, Brunei sigue siendo la tierra exótica que el fértil escritor italiano Emilio Salgari inmortalizara en sus obras (Sandokán, el tigre de la Malasia) tan populares
en el mundo entero. Ese ambiente tan gráficamente descrito por Salgari en sus libros permanece inalterable en las tres cuartas partes del territorio de Brunei, cubiertas de espesas selvas tropicales.


