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Iran

Dentro de unos momentos aterrizaremos en el aeropuerto de Teherán; recordamos a todas las pasajeras que, de acuerdo con las normas de la República Islámica de Irán, deben cubrirse la cabeza con un pañuelo”. La advertencia de la azafata es innecesaria. Antes de que el avión inicie el descenso, el pasaje femenino ha procedido a su transformación. Los vaqueros, las minifaldas y las camisetas de colores han quedado ocultos por guardapolvos oscuros y las melenas se han escondido debajo de bonitos pañuelos estampados. La vestimenta de las mujeres es junto a la proliferación de alminares en las ciudades, el signo externo más visible de las sociedades islámicas. Hasta el punto de que el grado de ocultación del cuerpo femenino se ha convertido en un termómetro de la liberalidad de esos países.
Pero es un error. Las mujeres iraníes, por más que se tapen con el chador, han alcanzado unas cotas de participación social que para sí quisieran muchas de otros países vecinos. En realidad, esa capa de tela negra que las cubre de la cabeza a los pies ha supuesto la liberación de la mujer rural y de los medios sociales más conservadores.
-Antes, los padres no dejaban salir a sus hijas de casa; ahora estudian, trabajan y llevan una vida activa -señala Mariam K.
Mariam viste el chador, que en realidad es un símbolo, y ni siquiera obligatorio. Basta con llevar un guardapolvo amplio (mpuch o manto) por encima de la ropa -para que no se marquen las formas del cuerpo-, ocultar las piernas y cubrir la cabeza con un pañuelo. Mariam lo lleva porque cree en la Revolución Islámica en la que participó. Trabaja como ginecóloga en un proyecto de planificación familiar que, tal vez, es uno de los aspectos menos conocidos de la política de los ayatolás iraníes.
Su hermana Leyla viste a la occidental y, a veces, tropieza con alguna estricta vigilante de la moral que le reprende por un mechón de pelo rebelde o por el brillo de los labios.
-Son cuatro extremistas-asegura molesta, pero sin darle más importancia.
Otras mujeres, como Shayesteh o Samira, no pueden soportar esas limitaciones y se rebelan vistiendo mantas de colores y acortando su longitud poco a poco. Cada día prueban dónde están los límites de la tolerancia. A veces, simplemente abandonan el país.
El pañuelo en la cabeza y las ropas amplias enseguida llaman la atención cuando viajamos a Marruecos, Egipto o Indonesia. Pero también distinguen a las mujeres musulmanas de ciudades europeas como Barcelona o Madrid. En los hombres, el signo puede ser la barba, aunque no es un atributo tan evidente. Claro está que no todas las islámicas se cubren la cabeza, y quienes lo hacen, no lo hacen siempre ni de la misma forma. Poco tienen que ver los elegantes pañuelos de seda de las kuwaitíes con las burkas de las afganas o el chador de las iraníes y las shiíes de Irak.

Escrito poradmin el 16 sep 2011 a las 1:34 pm en Irán, Islam | Link Etiquetas: iran turismo, poblacion iran

Azerbaidján

Azerbaidján

La excepcional posición de encrucijada del Irán en ningún sitio queda tan evidente como en la provincia de Azerbaidján. Limitada al sur por el Kurdistán, al oeste por Turquía, al norte por la URSS y al este por el mar Caspio. El bazar de Tabriz, su capital es una auténtica torre de Babel: turcos, armenios, turcomanos y kurdos se mezclan en la barahunda de una media docena de lenguas y dialectos. En el Azerbaidján, la lengua principal no es el persa, sino el azeri, variante del turco. La necesidad de saber regatear con cada cliente en su idioma original ha dotado a los comerciantes de Tabriz de increíble capacidades lingüísticas: aparte de las lenguas de la región, suelen hablar un poco de inglés, de francés, de alemán o de italiano.
El bazar, cosmoplita, está bien provisto de productos artesanales de todas las especies. Aparte de las alfombras de Tabriz, justamente famosas, se encuentran batiks (sedas impresas sobre fondo amarillo o rojo), sumaks (tejidos bordados a mano con hilos de lana), varnis (alfombras realizadas con la misma técnica que los sumahs). Estas riquezas sólo son un pálido reflejo de las de antaño. En la Edad Media, Tabriz era el punto de encuentro de las caravanas procedentes de Asia y de Europa, y las mercancías de los dos mundos se intercambiaban allí. La ciudad se adornaba mientras de monumentos, destruidos poco a poco por los terremotos y las invasiones. La mezquita Azul (Masd-jed-e-Kabud), construida en el siglo XV y considerada como una de las más bellas de Persia, se encuentra hoy día en un lamentable estado. Afortunadamente se ha emprendido un trabajo de restauración considerable.
Desde Tabriz, es posible ir en todas las direcciones. Al sudoeste, el inmenso lago de Rezaye extiende sus aguas saturadas de sal en 150 km: ¡imposible ahogarse allí, ni apagar la sed! Más allá, no lejos de Turquía, un circo de montañas, apartado de la gran ruta, alberga a San Tadeo, el santuario armenio. La iglesia fortificada, construida con piedras negras, es una de las más antiguas de la cristiandad. Lugar de peregrinación, reúne, al menos en julio, a millares de armenios venidos del mundo entero para conmemorar el martirio del santo. Pues los armenios, como los kurdos, son un pueblo sin patria. Arrinconados entre Irán, Turquía —donde fueron víctimas, a comienzos de siglo, de un auténtico genocidio— y la república soviética de Armenia, muchos han preferido el exilio.
En dirección diametralmente opuesta, al este de Tabriz, Soltaniyeh ofrece, a orillas de la ruta de Teherán, el más bello ejemplo de arquitectura mongol que nos haya llegado. Nada permitiría reconocer, en este pueblo miserable, la brillante capital de los sucesores de Gengis khan si el mausoleo del rey Oldjaitu Khodabandeh no aplastase todavía, con su imponente masa, las casas bajas. Su cúpula turquesa, rodeada de columnas, alcanza los 59 m. La extraordinaria decoración de estuco y de cerámica está muy estropeada, pero, también aquí se hallan en curso trabajos de restauración.

Del país de los corderos al país de los búfalos
Desde Tabriz, una carreterita se dirige hacia el nordeste y permite alcanzar la frontera soviética y el mar Caspio. Atraviesa primero las altas mesetas del Azerbaidján, largas ondulaciones a veces cultivadas —el Azerbaidján es fértil—, pero con más frecuencia cubiertas de hierbas amarillas donde pacen rebaños de corderos blancos y negros. Un viento glacial, poderoso, procedente de las montañas cercanas, baña al paisaje y ensordece al viajero. Cada invierno, la región queda sumergida bajo la nieve durante varios meses. Para protegerse del frío, los pueblos se funden con el suelo, entre dos colinas: se les puede apreciar gracias a los montones de estiércol que usan como reserva de combustible.
En el interior, se vive bajo corsi. El suelo de una pieza cuadrada está completamente provisto de colchones o alfombras, el centro está ocupado por una pequeña estufa baja. El conjunto está recubierto con una única manta de las mismas dimensiones que la pieza. El calor se conserva así, a ras del suelo, y se espera, tumbado, el final del invierno… En esta ruda provincia, las costumbres siguen siendo tradicionales. La poligamia, casi desaparecida en Irán, aunque siga siendo legal, todavía tiene sus adeptos.
Los habitantes de la meseta se aprovisionan en Ardabil, pequeña ciudad cerca del límite septentrional del país. Ciudad natal del Sha Ismail, fundador de la dinastía Sefévida, conserva de esta época un bellísimo monumento, el mausoleo de Cheikh Safi, caracterizado por la curiosa yuxtaposición de tres cúpulas de altura, decoración y diámetro diferentes. Un viejo mollah hace visitar las oscuras salas con paredes completamente pintadas, con el suelo cubierto de alfombras enormemente antiguas. Una reja de plata maciza protege la tumba del cheikh, hecha de madera cincelada incrustada con caligrafías de marfil.
Al salir de Ardabil, la carretera atraviesa todavía la alta meseta durante treinta kilómetros antes de llegar a un puerto. Una vez franqueado éste, el paisaje cambia por completo. Tras la austera grandeza del Azerbaidján, se extienden los bosques, los pastos y torrentes; tras los pueblos de tierra están las casas de madera, con tejados a dos aguas; ¡tras el Asia central, una pequeña Suiza! La pista desciende, por una interminable serie de curvas, desde los 1.200 m de altitud de Ardabil hasta el mar Caspio, asimismo situado a 20 m por debajo del nivel del mar. Colgado en el flanco abrupto de un valle, corre a lo largo de la frontera soviética y su impresionante red de fortificaciones: muros, miradores, campos militares. Al término del descenso, algunos kilómetros de llanura y, enseguida, el Caspio, con sus olas y sus playas de arena, su viento y su olor semejantes a los de todos los mares del globo…
La región del Caspio no tiene ningún punto en común con el resto del Irán. Arrinconada entre el mar y los montes El-burz, cuyas cimas retienen a las nubes venidas del norte, la franja costera goza de una humedad casi tan excesiva como la sequía lo es en el resto. La vegetación es lujuriante. Una auténtica selva virgen, impenetrable, cubre las cuestas de las montañas, llenas de lobos, panteras, osos e incluso, según se dice, algunos tigres. Más civilizada, la estrecha llanura es el granero del Irán: allí se cultiva arroz, té, algodón, caña de azúcar, frutos y legumbres. En primavera, las ciudades desaparecen bajo el formidable estallido de las flores. Las casas campesinas están hechas de madera, cubiertas con un tejado de chamizo que desciende hasta casi el suelo. Las mujeres, vestidas con un pantalón apretado a los tobillos bajo una falda y un corsé llenos de color, trabajan en el agua de los arrozales, bajo la mirada indiferente de algunos búfalos.

Caviar y baños de mar
Y luego está el mar. Un mar cerrado, el más amplio lago del mundo, en definitiva. Pero un lago cuyas aguas son más saladas
que las de los océanos y sobre el cual se desencadenan brutales y temibles tempestades. Los pescadores que se arriesgan en sus pequeñas embarcaciones rudimentarias muestran una gran valentía… A veces, se utiliza un método de pesca más seguro y laborioso: en una playa, una veintena de hombres, inclinados a lo largo de una cuerda, rastrean, centímetro a centímetro, con una interminable red, cuya curva se pierde a lo lejos, en la aguas grises. Llevar esta red a tierra, puede exigir varias horas de esfuerzos, para una captura que no siempre es abundante.
El esturión, pez-rey del mar Caspio, con su «nariz» puntiaguda, mide de 2 a 3 metros de largo. Los restaurantes de orillas del mar sirven su carne en forma de excelentes brochetas, pero su fama se debe más bien al caviar, los huevos extraídos del vientre de la hembra y salados según una dosis rigurosa: el sabor de los gruesos granos negros al fundirse con la lengua es incomparable.
Muy superior al producto ruso, el caviar iraní es único en el mundo. Su producción se concentra en Bandar-e-Pahlavi, el mayor puerto iraní del mar Caspio. En su rada vienen a abrigarse los pequeños cargueros que aseguran los intercambios con la Unión soviética. Al malecón, transformado en jardín público, viene la población de la ciudad, por la tarde, para respirar el aire de mar. Los marineros con permiso se amontonan ante las casetas de tiro al blanco, cuyos objetivos son grandes fotos de mujeres, recortadas de revistas americanas. Al fondo, una isla llena de cañaverales.
Más allá de Bandar-e-Pahlavi, las bellas propiedades de las gentes ricas de Teherán y las estaciones balnearias se suceden, bloqueando sistemáticamente el acceso al mar. La estación más elegante, Ramsar, donde jardines lujuriosos rodean hoteles y casino, está edificada en un marco maravilloso: la llanura costera, en este lugar, se reduce al mínimo y la montaña cae casi directamente sobre el mar.

Una ciudad santa en la estepa
El nordeste del Irán, desde el Caspio hasta el Afganistán, marca el comienzo de las grandes estepas del Asia central. Es el reino de los turcomanos, pueblo nómada en curso de sedentarización. Su color amarillo y los ojos rasgados les distinguen claramente de los otros iraníes de los que fueron antaño implacables enemigos. En Pahlavi Dej se celebra cada jueves su mercado de caballos: los descendientes de los terribles caballeros que lanzaban mortíferas incursiones contra las ciudades persas, elegían, como antaño sus monturas. Se encuentran también tejidos tradicionales rojos y negros y joyas de plata. Un poco apartadas del pueblo están plantadas dos o tres yurtas: estas tiendas redondas constituidas por un armazón de madera forrada de fieltro, eran hasta hace algunos años, el único modo de habitación conocido por los turcomanos.
A un centenar de kilómetros de allí, un príncipe del siglo XI hizo edificar en Gonbad-e-Qabus, a guisa de tumba, una enorme torre de 63 m de altura. Construida en ladrillo, este extraño cilindro coronado con un pequeño tejado cónico, está completamente vacío, no tiene ni escalera ni rampa. Los despojos del príncipe, según la tradición, reposaban en un féretro de vidrio, suspendido mediante cadenas de la cima de la torre.
No lejos de la frontera afgana, Meshed, tercera ciudad del Irán, es ante todo la ciudad santa del chiismo. A sus 410.000 habitantes se añaden, en permanencia, varias docenas de miles de peregrinos. Con motivo de las principales fiestas religiosas, la población de la ciudad puede doblarse e incluso triplicarse: los fieles duermen entonces en las aceras. Esta multitud abigarrada es fascinante por su animación —que a veces llega a la exaltación— y por la diversidad de todos los hombres y vestidos, originarios de todas las provincias del Irán, así como del Irak, del Afganistán y del Pakistán. Numerosos peregrinos, muy pobres, han tenido que hacer economías durante mucho tiempo antes de venir aquí, pero todo buen chuta tiene el deber de venir al menos una vez a la tumba del santo imam Riza.
Meshed no existía en el 818, cuando Riza, el octavo de los doce imams, murió, sin duda envenenado, cuando atravesaba la región. Fue enterrado all mismo y su tumba fue objeto de tal veneración que pronto se desarrolló una ciudad. Se convirtió incluso por algún tiempo, hacia mediados del siglo XVIII, en la capital de Persia.
Objeto de la solicitud real, el santuario del imam fue agrandado y embellecido en todas las épocas. Conjunto de mezquitas, escuelas, bibliotecas, coronado de cúpulas y minaretes, se eleva en el centro de unaamplia plaza circular donde se reúnen los fieles. A la hora de la oración, éstos penetran en el interior del recinto, se precipitan en las salas tapizadas con millares de fragmentos de espejos, se apretujan a la entrada del santuario propiamente dicho, deslumhrados por su ornamentación de piedras preciosas y placas de oro y plata cinceladas. La terrible multitud de pe regrinos se desborda finalmente contra la reja de plata maciza que protege la tumba, en un esfuerzo desesperado por tocarla. ¡Es la mejor prenda de salvación!
El turista infiel, por su parte, no puede gozar de esta prenda de beatitud eterna, ni siquiera de los tesoros artísticos del santuario: la entrada le está estrictamente prohibida.

El hombre y el desierto
Lejos del sudoeste, lejos del mundo, lejos de todo, en pleno desierto pero rodeado de un oasis que produce los mejores dátiles del país, Bam sueña con los días gloriosos  del  pasado.  La ciudad  muerta, abandonada desde hace ciento cincuenta años, reserva al visitante las más fuertes impresiones de su viaje. ¿Cómo no verse envuelto por esta ciudad fantasma ceñida de espesas murallas, por esas ruinas caóticas donde se encuentran casas, bazares y mezquitas? Enseguida quiere uno perderse por este país alucinante: un paso fuera de la arteria principal y ya no se sabe si se está en el interior de un edificio cuyo tejado se ha hundido, o en una callejuela medio taponada. Impresionado por esta atmósfera de desolación, uno no se extrañaría de ver surgir a un guerrero con armas, o a un bárbaro con el sable levantado. De hecho, zorros y cuervos huyen ante el ruido de las pisadas…
Por encima de la ciudad, colgada de una cima rocosa, la ciudadela monta guardia. Dédalo de patios, de escaleras, de caminos de ronda, paisajes subterráneos, opone su recinto almenado, su collar de torres, sus fortines avanzados sobre la llanura gris, siniestra de Dasht-i-Lut. El Gran Desierto salado, que llega lentamente al pie de la muralla, está seguro de poder decir, algún día, la última palabra.

Escrito poradmin el 16 dic 2007 a las 3:30 pm en Irán | Link Etiquetas: caspio, caspio exchange, caviar caspio musica, caviar del caspio, correo calle mar caspio madrid, gasoducto caspio, lago mar caspio, mar caspio, restaurante caspio gran canaria, tabriz, tigre caspio, yogur del mar caspio

Kurdistán

Kurdistán

Al norte del Khuzestán, el Kurdistán ocupa un lugar aparte en el conjunto iraní. La fuerte personalidad que esta región debe a sus paisajes, pero también y sobre todo a su población, aparece poco a poco a medida que se penetra en él. En su límite sudeste, Hamadán, cuya única característica es la de ser la patria adoptiva de Avicena, médico y filósofo del siglo XI, célebre por su Canon de medicina, no ofrece apenas interés. En la carrtera de Kermansha, en Misotun, una cornisa adornada de esculturas del siglo V antes de J.-C, que representa el triunfo de Darío, cierra una fértil llanura.
Kermansha, con sus 200.000 habitantes, es una ciudad demasiado grande para que los kurdos hayan conservado toda su individualidad. Su bazar, que escala el flanco de una colina mediante una red de escaleras y calles, es, no obstante, muy curioso. A la salida de la ciudad, las grutas de Taq-e-Bostan están adornadas de soberbios frisos tallados en época sasánida. El más bello representa una caza del jabalí: los cazadores, a lomos de elefante, cruzan a través de pantanos donde están emboscados los barqueros, montados en barcas.
La carretera que sube hacia el norte se introduce en un mundo de montañas caóticas, de cimas inaccesibles, precipicios, un mundo en donde la noción de horizontalidad parece haber desaparecido. La calzada cuelga de los muros de roca, ganando algunos metros de altura al precio de virages que ponen los pelos de punta, antes de descender por una vertiginosa pendiente. Entre los picos, las fallas oblicuas revelan otras líneas de crestas, otras cumbres. Frente a este paisaje grandioso y cruel, no se extraña uno de que los kurdos fueran temibles guerreros. Su vida errática por la montaña y las altas mesetas, siguiendo a sus rebaños de corderos, les preparó a todos los combates. Y las ocasiones de luchar no le han faltado a este pueblo de origen mal conocido, que, desde siempre, ha ocupado el centro del Oriente Medio.
Divididos en tribus independientes, los kurdos han estado en constante rebelión contra las autoridades nacionales de que dependían sus territorios. Dispersos hoy día especialmente por Turquía, Irak e Irán, han aprovechado los acontecimientos de 1979 para hacer resurgir sus reivindicaciones independentistas. Los kurdos, en efecto, jamás han sido asimilados, y quieren preservar su modo de vida de toda influencia árabe, iraní u occidental. Para descubrir su cultura en toda su autenticidad hay como siempre que apartarse de la ruta principal y de los caminos trillados. Una excursión a Takht-e-Soleyman da buena ocasión para ello.

Expedición al país kurdo
De hecho, el término que mejor conviene es el de «expedición». En Takab, gran pueblo ya situado a 50 km de la carretera principal que atraviesa Kurdistán, es indispensable alquilar un Land-Rover. Comienza entonces un trayecto de tres horas sobre lo que ni siquiera puede llamarse una pista: hay que contentarse con seguir lo mejor que se pueda las huellas del vehículo anterior. Los lodazales, los atolladeros de cuarenta centímetros de profundidad, las piedras, los ríos atravesados, con el agua a la altura casi hasta los asientos, hacen agotador este avance efectuado a 10 ó 15 kilómetros por hora. Los hombres que encontremos de camino se suben en la parte trasera de la furgoneta, que hace así las veces de autobús. Cuando la máquina no puede andar más, todo el mundo empuja…
La recompensa está a la altura del esfuerzo. Pronto se llega a pequeños pueblecitos donde nada parece haber cambiado desde siglos atrás. Sin electricidad ni teléfono, separados del mundo cinco meses por año, ya que la «pista» queda cerrada por la nieve, estas aldeas se componen exclusivamente de casitas de tierra, apretadas unas contra otras como para calentarse mutuamente en los grandes fríos del invierno. Los corderos, guiados por los niños, pueblan las callejuelas. Aquí toda la población lleva el vestido tradicional kurdo. Los hombres van vestidos con un traje ajustado y con un pantalón bombacho, cortados con el mismo tejido oscuro. Un largo cinturón multicolor rodea su cintura, y están tocados con un turbante lleno de pequeñas franjas que les aprietan la frente y las mejillas. Las mujeres van espléndidamente vestidas: faldas, corsés y pañuelos, elegidos en tonos rojos y anaranjados, adornados de bordados dorados o plateados.
Sentado ante su puerta, un viejo de rostro arrugado como las montañas de su país bebe tranquilamente su té. Uno se lo imagina en su época de juventud, con el torso lleno de cartucheras, un largo fusil en la mano, marchando en un desfile, a la vuelta de un ataque contra un puesto enemigo. Pero ya no es la hora de la lucha, y la hospitalidad es un deber sagrado. Los extranjeros son invitados a compartir la comida familiar. Los niños, de hecho, no participan en ella, pero la mujer permanece con los hombres en presencia de los visitantes, signo evidente a un estatuto social superior al habitual en Irán.
La alimentación, en cambio, es la misma que en el resto del país. Sentados en la alfombra, se come el tchelo-kabab (brochetas de cordero acompañadas con una generosa porción de arroz), enrollando un poco de carne y de arroz en un trozo de una amplia torta. Al mismo tiempo se sirven cebollas y mast, excelente yogurt hecho en la casa.
Tras el último vaso de té se procede a la larga ceremonia de los agradecimientos y de las despedidas. Tras la impresionante hospitalidad kurda, es difícil volver a esas increíbles pistas. Pero Takht-e-Soleyman, el «Trono de Salomón», nos espera…
Al fondo de una amplia perspectiva de montañas, un pequeño volcán, apagado desde hace tiempo, se halla adosado a una barrera rocosa. Una fuente mineral llena el cráter con agua de un azul luminoso. La pureza de este lago perfectamente circular, en el centro de ese paisaje imponente, explica sin duda la fascinación ejercida por el lugar: Takht-e-Soleyman fue, para todos los ocupantes sucesivos de Persia, un lugar sagrado. La leyenda hace nacer allí a Za-ratustra, por lo que los sasánidas le dedicaban una veneración particular. En el siglo III después de J.-C, rodearon la cumbre del volcán con una muralla flanqueada de veintiocho torres y edificaron un templo al Fuego al borde del lago. Para evacuar el exceso de agua de este último, siete pequeños canales se deslizaban bajo los bloques macizos del recinto.

Escrito poradmin el 16 dic 2007 a las 2:25 pm en Irán | Link Etiquetas: arbi kurdistan, conflicto chechenia kurdistan etiopia, hospital kirkuk irak kurdistan, irak kurdistan, kurdistan, kurdistan net, kurdistan observer, lapidacion kurdistan, nombre bebe kurdistan iraq, problematica kurdistan, yazidi kurdistan

Ispahán

Ispahán

En la imaginería occidental, Ispahán es la encarnación misma de la ciudad de las Mil y una Noches, con sus esplendores un tanto misteriosos: rico oasis en el desierto, cúpulas azules de las mezquitas, minaretes, palacios. La fascinación que ejerce desde el siglo XVII sobre los viajeros procedentes de Europa no se debe simplemente a un gusto por lo exótico: los iraníes, que consideran Ispahán como «la mitad del mundo», son los más sensibles a su belleza. Tanto es así que no se resiste uno al atractivo de esta ciudad mágica, cuyo poder de seducción permanece intacto aunque se haya convertido en un gran centro industrial y la segunda aglomeración del país.
La gloria de Ispahán está vinculada a la de la dinastía de los Sefévidas que, en el siglo XVI y XVII, llevó a la civilización persa a su edad de oro. Era una ciudad ya antigua cuando, en 1598, Abbas I trasladó allí su capital, anteriormente instalada en Qazvín. Decidió entonces, según escribe Pierre Loti, «hacer de esa ciudad (…) algo que asombrase al mundo. En una época en que, incluso en Occidente, todavía andábamos con plazas estrechas y callejuelas retorcidas, un siglo antes de que fuesen concebidas las orgullosas perspectivas de Versalles, este Oriental había soñado y creado grandiosas simetrías, despliegues de avenidas que nadie después de él supo igualar».
El mejor ejemplo de la amplitud de concepción de la ciudad es la avenida principal —Tchehar Gagh— que se extiende, rectilínea, en varios kilómetros. Tiene dos vías de circulación, separadas por una amplia avenida a la que los habitantes vienen a pasearse a la sombra de los álamos. A lo largo del Tchehar Bagh (cuyo nombre significa «Cuatro Jardines») se elevaban antaño los palacios del rey y de los cortesanos. Hoteles y comercios les han reemplazado, haciendo de la avenida la gran arteria comercial del Ispahán actual. Pero el plan de conjunto, de rara grandeza, está allí para poner de relieve las mezquitas que cuentan entre las obras maestras de la arquitectura islámica.
El monumento más antiguo de Ispahán y tal vez el más interesante de visitar, es la mezquita del Viernes. Construida según el plano iraní, comporta un amplio patio rectangular con cuatro iwans, rodeado de salas hipóstilas que le permitían recibir a toda la población de la ciudad. Remontando, en sus partes más antiguas, al siglo XI, ha sido retocada, embellecida, transformada después, ofreciendo isí un panorama de la evolución de las técnicas arquitectónicas y decorativas a través de los tiempos.
El primer período se puede observar en las cúpulas de la gran sala vecina realizadas únicamente con ladrillo de color natural. Los efectos decorativos son obtenidos
por la disposición de estos ladrillos según motivos geométricos, diferentes en cada cúpula: estrellas, rosetones, cuadrados… El segundo período, que corresponde a las épocas seldjúcida y mongol (siglo XII y XIV); queda ilustrado por los alvéolos que tapizan el iwan oeste: el color aparece, pero todavía de una manera balbuciente. Los ladrillos esmaltados azules y negros dibujan entrelazos sobre el fondo amarillo de los ladrillos naturales. En fin, el tercer estadio, en que el despliegue de color se generaliza, está representado por el iwan sur, adornado de mosaicos de cerámica multicolor del siglo XV.
Esta técnica de decoración polícroma se desarrolla en las dos mezquitas de la plaza Real, corazón del Ispahán de Abbas I. Imponente cuadrilátero de 500 m de longitud por 140 m de ancho, la plaza está rodeada de una doble hilera de arcadas superpuestas. Las del piso bajo se abren a almacenes, mientras que la hilera superior es puramente decorativa. La hilera de arcadas solo es interrumpida por la abertura de algunas calles y por cuatro monumentos: la mezquita del Sha y la puerta del bazar en medio de los pequeños lagos; la mezquita de Cheikh Lotfollah y el palacio Ali Qapu en los lagos grandes.

Escrito poradmin el 13 dic 2007 a las 8:51 pm en Irán | Link Etiquetas: foto iran castillo, Irán, iran castillo, iran castillo desnuda, iran castillo h, iran castillo revista h, iran maiden, iran presidente, iran sex, iran vacacion, ispahan, llama presidente iran, nombre presidente iran, noticia iran, presidente iran, vuelo iran

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