Iran
Dentro de unos momentos aterrizaremos en el aeropuerto de Teherán; recordamos a todas las pasajeras que, de acuerdo con las normas de la República Islámica de Irán, deben cubrirse la cabeza con un pañuelo”. La advertencia de la azafata es innecesaria. Antes de que el avión inicie el descenso, el pasaje femenino ha procedido a su transformación. Los vaqueros, las minifaldas y las camisetas de colores han quedado ocultos por guardapolvos oscuros y las melenas se han escondido debajo de bonitos pañuelos estampados. La vestimenta de las mujeres es junto a la proliferación de alminares en las ciudades, el signo externo más visible de las sociedades islámicas. Hasta el punto de que el grado de ocultación del cuerpo femenino se ha convertido en un termómetro de la liberalidad de esos países.
Pero es un error. Las mujeres iraníes, por más que se tapen con el chador, han alcanzado unas cotas de participación social que para sí quisieran muchas de otros países vecinos. En realidad, esa capa de tela negra que las cubre de la cabeza a los pies ha supuesto la liberación de la mujer rural y de los medios sociales más conservadores.
-Antes, los padres no dejaban salir a sus hijas de casa; ahora estudian, trabajan y llevan una vida activa -señala Mariam K.
Mariam viste el chador, que en realidad es un símbolo, y ni siquiera obligatorio. Basta con llevar un guardapolvo amplio (mpuch o manto) por encima de la ropa -para que no se marquen las formas del cuerpo-, ocultar las piernas y cubrir la cabeza con un pañuelo. Mariam lo lleva porque cree en la Revolución Islámica en la que participó. Trabaja como ginecóloga en un proyecto de planificación familiar que, tal vez, es uno de los aspectos menos conocidos de la política de los ayatolás iraníes.
Su hermana Leyla viste a la occidental y, a veces, tropieza con alguna estricta vigilante de la moral que le reprende por un mechón de pelo rebelde o por el brillo de los labios.
-Son cuatro extremistas-asegura molesta, pero sin darle más importancia.
Otras mujeres, como Shayesteh o Samira, no pueden soportar esas limitaciones y se rebelan vistiendo mantas de colores y acortando su longitud poco a poco. Cada día prueban dónde están los límites de la tolerancia. A veces, simplemente abandonan el país.
El pañuelo en la cabeza y las ropas amplias enseguida llaman la atención cuando viajamos a Marruecos, Egipto o Indonesia. Pero también distinguen a las mujeres musulmanas de ciudades europeas como Barcelona o Madrid. En los hombres, el signo puede ser la barba, aunque no es un atributo tan evidente. Claro está que no todas las islámicas se cubren la cabeza, y quienes lo hacen, no lo hacen siempre ni de la misma forma. Poco tienen que ver los elegantes pañuelos de seda de las kuwaitíes con las burkas de las afganas o el chador de las iraníes y las shiíes de Irak.



