Visitar Nueva Zelanda
Llegamos al atardecer y nos fuimos directo a Whatamango Bay, en Queen Charlotte Sound, para alojarnos en el bed & breakfast de Pam y John, que habíamos reservado por teléfono el día anterior. En este lugar secreto, insospechado, se nos voló el tiempo haciendo poco y nada o apenas algo más. Después de los opíparos desayunos, huíamos a la playa a la que se accede desde un costado del camino y por una “entrada” abierta en la fronda salvaje, bajando una barranca. Toda para nosotros. Rara vez vi tanta vida pegada a las rocas; lapas, ostras, caracoles y mejillones a manojos las tapizaban; erizos por todas partes, estrellas de mar, todo estaba ahí, a un palmo de la superficie acuática. Federico pescaba peces rarísimos, algunos volvían al agua, otros seguían derecho a la parrilla… Lo mejor fue el ceviche que preparé una noche con blue cod.
Las salidas en el velero de John y Pam nos llevaron a incursionar por los mil y un vericuetos del paradisíaco Marlborough Sound Maritime Park, inmensa área protegida hecha de montañas, arenas blancas y selva. Así fue que llegamos, mitad por agua y mitad por tierra tras un trekking cuesta arriba de una hora, hasta Portage, minúsculo enclave perdido en la maraña de esas costas. Inolvidable. A Picton íbamos a aprovisionarnos de alimentos y vinos, un descubrimiento cotidiano que nos completaba cada ceremonia gourmet a la caída del sol.
Antes de partir de esta región, no nos privamos de recorrer bodegas y viñedos, que en Marlborough trazan una jugosa ruta vitivinícola.
Atraídos por la accidentada geografía norteña, nos fuimos en cómodo mini bus hasta Motueka, a pasos del parque nacional Abel Tasman. El camino junto al mar, insistentemente espléndido, nos arrimó, 110 km más tarde, a Nelson, que se nos anunció con unos playones de suave declive y anchos como bostezos. Más adelante, y después de dejar atrás los pueblitos de Mapua, Tasman y Mariri, pegados a Tasman Bay, llegamos a Motueka, que los lugareños pronuncian mochueca. Acá nos alojamos en un lodge de pesca con régimen b&b, un chalet de lujo pegado al camino en pleno campo. A un costado de la casa, la figura de una mega trucha tallada en un descomunal tronco, fue la primera e inequívoca señal de que este refugio está pensado para recibir pescadores. Las otras señales se sucedieron en el interior del lodge temático con truchas en los cubre-sofás, los almohadones, las colchas, las cortinas, los azulejos del baño… Hasta la veleta sobre el techo en vez de gallo tiene una trucha.
¿Dónde está el río?, inquirió Federico como respondiendo a un reflejo condicionado. Del otro lado del camino -indicó Amanda, la propietaria- atravesando un campo y una franja de monte. Algunas marrones salieron -y volvieron- a las aguas del Motueka, pero nada glamoroso que digamos.
Kaiteriteri sí resultó espectacular. Al norte de Motueka, es el último enclave costero, umbral del Abel Tasman National Park, que baña las aguas de Golden Bay. Se nos cayeron las mandíbulas con Totaranui, un playa a la que llegamos en water taxi. Franjas de arena dorada que le hacen honor al adjetivo otorgado, aguas llenas de matices azul-turquesa, y junto a la playa, el rabioso verdor que trepa rocas arriba cubriéndolo todo, dulcificando la imagen de ese terreno accidentado, lleno de abruptas pendientes. Salir en kayac y recorrer los senderos del parque en un agotador trekking de cuatro generosas horas, son dos ineludibles que recomiendo de corazón para apreciar los atractivos del parque nacional.
Dispuestos a descender por el flanco oriental de la isla, volvimos a abordar un autobús con destino a Greymouth, a 243 km de Motueka. Por más de 140 km anduvimos tierra adentro, flanqueados por las forestas de Kahurangi -gigantesco parque nacional- y Mokihinui al este y las proximidades de las áreas protegidas de Nelson Uakes, Victoria y Paparoa Range al suroeste. En las proximidades de Westport la ruta se pegó a la costa y ya no la abandonó más; el resto del recorrido transcurrió entre el mar y el parque nacional Paparoa, que a partir de ahí se ubicaba a la izquierda.
El mar de Tasmania no parecía ofrecer otra imagen que no fuera la de sus olas temperamentales. El cielo encapotado, una constante en este confín, añadía más dramatismo a la escena, hasta que llegamos a Punakaiki y el espectáculo de las Pancake Rocks nos dejó sin habla. ¿De qué se tratan estas rocas? Imagínese primero una franja ancha y extensa de acantilados oscuramente grises y fragmentados; después imagínelos no de roca sólida sino formados por miles de finas capas de roca desiguales, comprimidas unas sobre otras -como si fueran panqueques apilados justamente- y obtendrá ese paisaje inquietante en el que el mar golpea con furia, levantando chorros de espuma tan altos como las escabrosas montañas apanquecadas. Greymouth -fiel a su nombre- es gris como la boca que abre el caudaloso río homónimo antes de disolverse en el mar. No tiene atractivos aparentes salvo ja-de y un muy interesante museo de ídem. Minera en su pasado más recieate, Greymouth fue para los maoríes el lugar sagrado al que venían a buscar jade, preciadísima piedra verde que se da en pocos sitios en el mundo: acá, en Siberia y
en Canadá. Envuelta en un aire salobre de brumas y llovizna, la ciudad tiene un clima de irremediable melancolía. Sus inconmensurables playas están tapizadas por piedras de pulida redondez, blancas como la nieve unas, verdosas de ja-de otras, y todas tersas como la seda. Pero tampoco hay manera de meterse en el mar porque las olas arrastran hasta la costa desproporcionadas cantidades de estos guijarros que te hacen puré los tobillos. Moraleja: siga viaje.


