Conocer Suecia y Estocolmo
SUECIA-ESTOCOLMO
Rodeada por el agua de sus lagos, del mar Báltico y de sus numerosos canales, Estocolmo es de una belleza muy especial. Está construida sobre catorce islas, donde muchas de las casas son de madera y las más antiguas, verdaderas reliquias cuidadosamente conservadas por sus moradores. La parte céntrica se puede recorrer muy bien caminando con verdadero placer, ya que hay muchos puentes que vinculan entre sí las islas más atractivas. El agua es límpida y, según los lugareños, es la más pura del mundo. Pudimos comprobarlo por el exquisito gusto del café y el té.
La naturaleza es una constante presencia. Para los suecos también es fundamental el silencio, y lo consiguen mantener aun en las grandes ciudades, incluida Estocolmo. Es común encontrar gente pescando, nadando, usando viejas bicicletas como medio de transporte y de paseo, o también remando y navegando. Pero para disfrutar de todo esto no es necesario alejarse de la ciudad; ellos tienen la gran ventaja de poder hacerlo cotidianamente o por lo menos los fines de semana, sin pensar en tener que desplazarse para estar en contacto con el verde o el agua, una constante en este país donde la mitad de su población está a menos de 30 km del mar. Por algo son amantes de los barcos y de todos los deportes náuticos.
Después de recorrer algunas calles peatonales del centro histórico y comercial, realizamos la excursión en ferry por los canales “Bajo los Puentes de Estocolmo”; es decir, tuvimos la panorámica de la ciudad pero desde el agua. El espectáculo fue deslumbrante: pasamos por playas donde las familias reunidas – era sábado a la tarde- tomaban sol, del que hacen un verdadero culto, y se bañaban en el mar Báltico, en los lagos o en los infinitos canales. También observamos el funcionamiento de la esclusa que permite el traspaso de los barcos del mar a los lagos y viceversa. Después de dos horas de navegación y ya bastante cansados, comimos en un restaurante muy chiquito en la zona más concurrida.
Nos levantamos muy temprano -7:30- aunque el sol ya estaba presente desde las cuatro de la mañana. Un más que copioso desayuno nos preparó para iniciar nuestro city tour, acompañados por un excelente guía de habla española. Disfrutamos de la original arquitectura del barrio Gamlastan, el más antiguo de la ciudad, donde se puede observar en el frente de varias de esas construcciones el año de su edificación y el del reciclaje o modificación. En muchas flameaba la bandera sueca, una muestra del orgullo que tienen por su patria. También encontramos visibles símbolos vikingos, como las piedras con enigmáticos dibujos rúnicos, que tanto atrajeron a Borges. Visitamos el Palacio Real -que en esta época del año es sólo utilizado para ceremonias protocolares-, la famosa estatua de San Jorge venciendo al Dragón, el renacentista Ayuntamiento con la torre de las Tres Coronas, el museo Vasa, donde se guarda el impresionante velero del 1700 rescatado del fondo del mar.
La mayoría de la gente es muy linda, alta y bien formada: al menos en apariencia, la anorexia y la bulimia están ausentes. Sus físicos muestran el resultado de los deportes y los efectos de una buena dieta de pescado y verduras. No se ven obesos, tan frecuentes en otras latitudes. Sus facciones son armoniosas, ojos claros muy rasgados y un pelo rubio casi blanco. En fin, son vikingos.
Después del tour de tres horas, almorzamos en el centro: siempre langostinos y salmón, exquisitamente frescos y baratos. Ya con nuevos bríos recorrimos algunas calles con boutiques muy elegantes, poco aptas para los presupuestos argentinos; la ropa es muy sobria, salvo los sweaters; éstos en general son noruegos y se venden por toda Escandinavia a los mismos precios. Son ideales para el ski, pero no son los más convenientes para el argentino promedio, demasiado gruesos y coloridos. Compramos algo de ropa más de nuestro gusto en la siempre presente Laura Ashley. Nordiska Kompaniet -el Harrod’s de Estocolmo- es una lujosa muestra del diseño y la creación nórdica.
A la hora que debería anochecer (pero la luz persiste) subimos por el ascensor público Katarina-hissen y desde allí nos deleitamos con una vista soberbia de Estocolmo al atardecer, con las calles, canales y torres iluminados por las primeras luces nocturnas y un cielo todavía anaranjado. Comimos en un pequeño restaurante al aire libre, en una amplia plaza pública.
Al día siguiente partimos en bus hacia la frontera con Noruega, a la que llegamos atravesando la provincia de Varmland, bordeando los lagos Mataren y Vánern. La campiña con cultivos de trigo, colza y remolacha va dejando paso a los bosques de abetos, abedules y hayas que se van apoderando de un paisaje cada vez más montañoso.







