Nikolaesvk

De entre un mar de coniferas y la bruma invernal parecen surgir, pintadas de vivos colores (rosado, amarillo, verde y púrpura), casas que se destacan de inmediato, en agudo contraste con el sobrio matiz del paisaje circundante. Estas casas transmiten esa alegría íntima que caracteriza a los hombres que las construyeron, hombres que forman parte de uno de los grupos humanos más interesantes que jamás hayan emigrado a los Estados Unidos de América.
Nos referimos a los raskolniks o “viejos creyentes”. Ésta es una comunidad de origen ruso, extremadamente religiosa —separada de la Iglesia Ortodoxa Rusa en el siglo XVII—, que ha fundado en fecha relativamente reciente, en las apartadas soledades de la península de Kenai, al sur de Anchorage, Alaska, la pequeña población de Nikolaevsk. En este asentamiento, el siglo XVII y la vieja Rusia de los zares parecen sobrevivir todavía hoy en tierras de América.
Con la fundación de Nikolaesvk, los raskolniks quizás estén ya, finalmente, en camino de hacer realidad un viejo sueño, anhelado durante varias generaciones por los integrantes de una comunidad religiosa que escapara de Rusia pocos años después del triunfo de la Revolución bolchevique de 1917.
En Nikolaevsk viven unas 40 familias, y en muchas abundan los niños. La aldea está en Kenai, península ocupada en su mayor parte por el Kenai National Moose Range, reserva donde hay 9 000 alces gigantes (moose = alce en inglés). Aunque fíeles a sus tradiciones del siglo XVII, los “viejos creyentes” de Nikolaevsk aceptan muchos adelantos.