Andorra
Son cerca de medio centenar. Espléndidas parroquias que aglutinan alguna concentración urbana; aisladas a veces, por haber perdido su feligresía de casas; y también ermitas montaraces, remotas y agazapadas en lugares insólitos como un animalejo asustado. Si deseas tener ofertas de viajes para visitar esta maravillosa ciudad. Responden, la mayoría, a un tipo de románico que extendieron por todo el Pirineo algunos constructores de templos venidos de la lejana Lombardía en busca de jornal, en torno al siglo XI. Aquellos artistas emigrantes, y sus hijos o nietos, dejaron una pródiga cosecha de torres afiladas, arquillos ciegos y ventanas geminadas, no sólo en los valles andorranos, también en los rincones vecinos del Pirineo leridano o en el Serrablo oséense. Algunos de esos templos fueron cubiertos con espléndidos murales, y humanizados (o divinizados) por la cálida presencia de cristos y vírgenes de madera polícroma y ojos de infinita mirada.
Pueden verse casi todos los santuarios de Andorra juntos, como por arte de magia, en un solo espacio, el Espai Caldea, en Escaldes-Engordany: allí está el Museo de Maquetas de Arte Románico, unas 30 reproducciones que incluyen, además de iglesias, la Casa de la Valí (un soberbio edificio de 1580 que alberga el Consell General o Parlamento, y que se encuentra a un par de kilómetros de la capital andorrana) y algunos retablos. Son varias las oficinas de turismo del Principado que organizan excursiones y visitas (comentadas y gratuitas) a las iglesias de carne y hueso más destacadas; pero estas actividades altruistas suelen suceder durante la época del estío. Lo mejor, en cualquier caso, es partir en solitario a la búsqueda y captura contemplativa de estas joyas, toscas y elegantes a la vez, como son los gestos primordiales. Una búsqueda a veces laboriosa, tanto como pueda serlo escudriñar la maleza para arrancarle sus tesoros mitólogos.
Supongamos, pues, que acabamos de cruzar una frontera que está y no está (hay veces que al salir del Principado hay que abrir el maletero, como antaño, y dejar a los gendarmes que fisguen o no, según el humor que se gasten ese día). Enseguida nos sale al paso el primer municipio, St. Julia de Loria. Allí vemos, en la torre parroquial, un anticipo de lo que nos aguarda. Dispersos como cabras por las cuestas que encajonan a la población hay otra media docena de templos. Los más interesantes están en la pedanía de Nágol, subiendo a la derecha de la carretera general: Sant Martí y Sant Cerní de Nágol, arriscadas y ab sortas, y que se parecen como dos gotas de piedra. En el interior de Sant Cerní, ^ un templo de dimensiones reducidas consagrado en el año 1055, pueden verse restos de murales de esbozada ingenuidad, ya que responden a un periodo de transición del pre-rrománico al románico, y los santos y animales, más que pintados, parecen unos dibujos aumentados de miniaturas de códice. También se conserva el retablo dedicado al santo patrón que da nombre a la iglesia, una preciosista obra del siglo XVI. Algo similar ocurre en Santa Coloma, que se halla un poco más adelante siguiendo la carretera general. Éste tal vez sea el templo más conocido de todos estos valles andorranos. Y con razón: es una referencia obligada para rastrear la evolución de la arquitectura prerrománica de los siglos IX y X por estos pagos. En su gran nave, de gran simplicidad, con parte de techumbre original y abierta al ábside por un arco de herradura, hubo apóstoles pintados en el siglo XII por el llamado Maestro de Santa Coloma (que trabajó en otras iglesias de los valles); esas pinturas fueron arrancadas a principios del siglo XX y fueron a parar al Museo Prusiano de Cultura, en Berlín; sólo quedó aquí rezagado un cordero o agnusdá, acompañado por un par de angelotes. De la misma época que las pinturas es la torre, que constituye un caso bastante insólito por estos parajes, ya que es redonda, y no cuadrada como las demás -no obstante, hay algún otro ejemplo en el Pirineo, como la iglesia de Sant Martí de Ars, en l’Alt Urgell.

