Sulawesi

La isla de Sulawesi tiene una forma tan recortada que los portugueses que desembarcaron en ella en el siglo XVI creyeron que se trataba de un archipiélago y la llamaron «las islas Célebes». Comparada con una orquídea o con un insecto fantástico, Célebes todavía es mal conocido debido a su atormentado relieve, que ha orientado a las poblaciones costeras a las empresas marítimas y ha mantenido a las del interior apartadas de las grandes religiones y de las corrientes comerciales.
Más extensa que Java, Sulawesi no tiene más que 8,5 millones de habitantes. Estos viven en un relativo aislamiento entre sí, lo que ha permitido a cada uno de las etnias conservar su propio carácter. Estas diversas etnias son, al sur, en la región de Ujung Pandang (la antigua Macasar), los Bugis y los Macasar; en las montañas del centro, los Toraja; en el extremo norte, los menadoneses que aseguran la transición con los filipinos.
Ninguna carretera va más allá del país Toraja, y la región central, cubierta de altas montañas y espesos bosques, permanece inaccesible. Por otro lado los intercambios continúan haciéndose básicamente por mar y, hoy día, por aire.
La llegada suele tener lugar en Macasar, centro de comunicaciones del Este indonesio y una de las pocas ciudades de Indonesia que posee un frente marino bordeado de hoteles modernos, de restaurantes y clubs nocturnos. Hace algunos años, un dugong, especie de vaca marina con rostro humano, que tiene la costumbre de emerger verticalmente fuera del agua y dio probablemente origen a la leyenda de las sirenas, todavía hacía apariciones que atraían a la multitud.
El monumento más interesante de la ciudad es el viejo fuerte construido por los príncipes de Goa en el siglo XVII y cuya forma recuerda a la de una tortuga. Las construcciones interiores, edificadas en el siglo XVIII por los holandeses, han sido recientemente restauradas y albergan, aparte de los servicios culturales y arqueológicos, un museo etnográfico.
El puerto se halla situado más al norte y acoge a centenares de veleros: célebres en todo el archipiélago, todavía aseguran el comercio interinsular en condiciones que apenas han cambiado desde la época en que sus importantes flotas se dedicaban también a la piratería. La competencia de los barcos de motor no parece afectarles ya que se encuentran en todos los puertos, transportando todo tipo de mercancías imaginables. Su característica silueta es fácil de identificar con su panzuda concha y con dos remos que sirven de timón.
Los bugis y los macasar, islamizados desde antiguo, son temidos por su sentido del honor y su costumbre de llevar a la cintura, incluso bajo los vestidos más occidentalizados, un pequeño puñal del que se sirven a la menor ocasión. De sus viejas tradiciones ha conservado una rica literatura escrita y ritos que brillan con especial destello en las ceremonias de matrimonio.
Las fiestas toraja
Los turistas que, tras haber visitado Bali, hacen una excursión al país Toraja son cada vez más numerosos. Esta etnia, que se piensa que pueda ser de origen protomalayo, vive en las altas mesetas del interior. No ha sido tomada por el islam y ha permanecido alejada de la occidentalización, por lo que ha conservado intactas sus tradiciones y sus fiestas son todavía hoy muy originales.
La mayoría de los pueblos de la región de Rantepao y de Mamasa han conservado su arquitectura tradicional: largas casas sobre pilotes, con paneles de madera pintada y tejado curvo que recuerdan a barcos y evocan tal vez los recuerdos de lejanos antepasados venidos del mar. Por sus motivos decorativos y por el número de peldaños de la escalera, estas construcciones indican igualmente la posición de sus ocupantes en la jerarquía social. Las familias nobles habitan en casas que pertenecen a la colectividad y son consideradas como las casas de los antepasados.
Pero son sobre todo las «fiestas» toraja —de hecho, los rituales funerarios— los que atraen a los visitantes extranjeros. El conjunto de ceremonias se desarrolla según un ciclo que puede durar varios años, y generalmente sólo se ve un aspecto muy limitado.
A su muerte, el difunto es primeramente inhumado en una sepultura provisional, lo que les da tiempo a los miembros de la familia para ponerse de acuerdo sobre la importancia que ha de revestir la ceremonia. De todos modos, ésta comporta unos gastos considerables, ya que los invitados a este rito funerario son siempre varios centenares.
La parte más impresionante de la celebración es el sacrificio de los búfalos. En presencia de los invitados y de numerosos curiosos, se procede a una serie de matanzas, cada una de las cuales tiene una significación precisa: representación simbólica de la muerte del difunto, intercesión ante el más allá, etc. El episodio más solemne, acompañado de danzas y cantos fúnebres, es el ritual de la distribución de la carne de las bestias sacrificadas. El grosor de las partes está en función del parentesco, del rango social y de las relaciones con el muerto.
Estas ceremonias que marcan el primer día de los funerales, atraen a muchos curiosos porque son las más espectaculares. Pero el ritual funerario se proseguí todavía largo tiempo después hasta la última sepultura.
La importancia concedida a los funerales se manifiesta también en la disposición de las tumbas y la simbolización de los desaparecidos. En Londa, las sepulturas se hallan dispuestas en galerías subterráneas que se visitan con antorchas. En Lemo, los muertos son representados por efigies de madera vestidas que colocados en cavidades abiertas velan sobre los ataúdes.
Pero no se puede reducir Célebes sólo al país Toraja. Muchas otras partes de la isla reservan maravillosos descubrimientos, incluso en el Sur, como el extraordinario lago Tempe, vestigio de un mar interior, cubierto de islas flotantes que albergan una gran cantidad de pájaros acuáticos, y la región de Watampone (o Watangpone).

