A la búsqueda de las Indias perdidas

También se puede remontar la costa del golfo hacia el norte, para descubrir las playas de Guaymas y, en la Baja California, de San Felipe, en las cercanías de la frontera americana, o de La Paz, al extremo sur de la península.
La región oculta, sin embargo, otros temas de interés. Como sombras obstinadas que no se resistirían a desaparecer del todo, los descendientes de los indios precolombinos, refugiados en la sierra que a poca distancia del océano, mantiene, contra viento y marea, su herencia. En la sierra Cora-Huichole, entre Guadalajara y Mazatlán, los templos están agujereados por una ventana, para que los dioses puedan examinar las ofrendas depositadas en el exterior, y decorados con esas cruces de lana que sorprendieron tanto a los misioneros. Los huicholes celebran su matrimonio en el mar, y cada año, parten durante un mes a la montaña en búsqueda del peyotl, un pequeño cactus alucinógeno que consideran como el alimento del alma.
En la región de Durango, los tepehuanes, que viven en una especie de chalets de troncos de árbol, rezan a la vez a Cristo y al Sol. Los indios yaquis, cerca de Guay-mas, y los tarahumaras, en torno a Chihuahua, figuran entre los más notables videntes de un país donde el don de la profecía, el éxtasis místico y el trance religioso forman parte de la vida cotidiana
Conocida en el mundo entero por la raza de perros minúsculos, de ojos globulosos, a la que ha dado su nombre, Chihuahua se enorgullece igualmente de un museo algunas de cuyas salas están consagradas al sitio arqueológico de Casas Grandes y a la civilización del «Oasis americano» que unían a los indios sedentarios y campesinos de Arizona, Colorado y del Sonora mejicano. A 150 km al norte de Chihuahua, Casas Grandes es uno de los lugares de investigación más interesantes del Estado. Se descubren allí los restos de una ciudad dotada de pirámides, de juegos de pelota y de «grandes casas» de varios pisos, muy características.
Se llega por fin a Ciudad Juárez, separada de la americana El Paso por el río Bravo-río Grande. Como en Mexicali, al oeste, o en Matamoros, en el golfo de México, se trata de una ciudad fronteriza con su folklore prefabricado, su artesanado en serie, sus pulquerías dudosas. El color, el poco de locura, la invención barroca, están todavía allí, pero ya no tienen corazón. Aquí, el auténtico México no sabe dar de sí más que una triste caricatura.


