Londres

Jueces con peluca, guardias tocados con pieles de oso, reinas que asisten a ceremonias oficiales en carrozas doradas, cockneys masticando un inglés imposible, damas vetustas con sombreros de flores aferradas a perros y paraguas, taxistas locuaces, policías sin armas, punks de todos colores, saris y sarongs contrastando con ejecutivos de jacqué, bombín y bicicleta: las más rancias tradiciones seculares conviven en Londres con un hervidero de gente de tantas razas y colores que ha terminado por consagrar a la ciudad como una de las más cosmopolitas y complejas del mundo. De hecho, si bien los museos, las galerías de arte y los teatros son ineludibles, la calle es un espectáculo en sí misma, y la mejor manera de abarcarla es mirándola desde lo alto de los clásicos ómnibus rojos de dos pisos, uno de los grandes símbolos de la ciudad. Pero hay que ir preparado: en las horas pico, los viejos aunque bien conservados Routemaster ’59 suelen quedar varados durante largos minutos en medio de una masa compacta de autos (casi el 80 % de los londinenses tiene coche propio) que apenas logra moverse a paso de tortuga. Eso sí: con menos bocinazos que los que maltratan los oídos urbanos por estas latitudes. Otra manera de conocer Londres sin esfuerzo es recorriendo el Támesis en barco. Río arriba desde el muelle de Westminster hasta Hampton Court, el recorrido insume unas tres horas, y permite contemplar el majestuoso Parlamento y la Millbank Tower, cerca de la famosa Tate Gallery y el no menos célebre Vauxhall Cross, sede del servicio secreto, construido en el interior de una “Caja Faraday” que detiene cualquier señal electromagnética que intente penetrarla. Río abajo, desde el muelle de Charing Cross hasta Greenwich, donde se encuentra el Old Roy al Observatory, en el que en 1884 se determinó el Greenwich Mean Time. En el trayecto puede admirarse, entre otras maravillas, la paradigmática Torre de Londres, otro de los emblemas de la ciudad, cuya sangrienta historia parece todavía impregnar sus sombríos muros de piedra. Hay sitios que no pueden soslayarse: el majestuoso Palacio de Buckingham; la Abadía de Westrmnster (el santuario religioso con mayor historia del país); la Tate Gallery, el museo más importante de pintura y escultura británicas; la majestuosa St. Paul Cathedral, obra magna del mayor arquitecto inglés, Christopher Wren, cuya cúpula de 110 metros de altura es la mayor del mundo después de la de San Pedro en Roma, y el British Museum, recientemente objeto de una importante ampliación destinada a albergar los cuestionados frisos del Partenón.
El teatro es otro de los lujos de Londres. La revista Time Out es la brújula indispensable para guiarse en el laberinto de espectáculos que componen la cartelera diaria. Pero tal vez el mayor “must” para acercarse a la particular idiosincrasia de los ingleses es visitar cualquiera de los 5438 pubs (Public Houses) en los que se puede beber la típica cerveza ale, que los ingleses prefieren a temperatura ambiente. Muchos de los pubs son varias veces centenarios, como el Trafalgar Tavern, preferido por Charles Dickens. Todos funcionan dentro de un rígido horario. Desde las 11 de la mañana hasta las 11 de la noche, hora en que inevitablemente resuena el vozarrón del barman: “¡Last orders, please!“