Cabo blanco hotel
Contratiempos aparte, se ha avanzado tanto en el conocimiento de la biología de la foca monje del Mediterráneo que las perspectivas y bases para realizar acciones de conservación resultan ahora mucho más sólidas y claras que hace pocos años. Con este espíritu, el proyecto tomó un nuevo rumbo en el año 2000 con la creación de la Reserva Costa de las Focas, un espacio marino protegido y libre de pesca establecido con la participación de los trabajadores del mar. Se extiende a lo largo de unos seis kilómetros de longitud, y en su centro se encuentran las dos principales cuevas de cría. Dos hechos nos obligaron, de alguna forma, a ello: el crecimiento imparable de la ciudad mauritana de Nuadibu, que en poco más de 25 años pasó de 4.000 habitantes a los 120.000 actuales, y la sobre-explotación pesquera que empezaba a detectarse en la zona. Hacer frente a estas amenazas para la foca monje también implicaba encauzar a los habitantes de la península de Cabo Blanco hacia el desarrollo sostenible: el futuro de ambos estaba en juego. Conseguimos el consentimiento de las autoridades y el apoyo de la comunidad internacional, pero la Reserva no se hubiera hecho realidad si no fuera por la colaboración e implicación de los pescadores artesanales. Hasta esos momentos, la reducción del número y de la talla de las ejemplares capturados había llevado a explotar sin mesura los recursos del mar, lo que ponía en peí igro no sólo la supervivencia de los mamíferos marinos, sino también del medio de subsistencia de muchas personas. Ante semejante situación, los pescadores mismos han aceptado el compromiso, junto a la población en general, de respetar los límites de la Reserva. De este modo no sólo se evitan las capturas accidentales de focas en las redes, sino que las especies comerciales pueden desarrollarse y reproducirse hasta expandirse fuera de la Reserva y repoblar las áreas de pesca perm i tida. Además, a cambio de no trabajaren esa franja marina, los faenadores artesanales reciben formación y medios para incrementar su seguridad en el mar, así como conocimientos sobre el medio marino y la pesca sostenible. Todo ello repercute en la mejora de su calidad de vida y en la planificación de la explotación racional de los recursos.
La creación de la Reserva Costa de la Focas está dando sus frutos. Ya se ha conseguido disminuir la mortal idad de los adultos que aparecían varados en las playas, así como aumentar paulatinamente el número de ejemplares, estimados en unos 150. Podemos afirmar que la colonia se encuentra en pleno crecimiento, aunque muy lento.
“En rebaño vinieron las focas del mar y al momento se acostaron en fila en la playa que baten las olas…”. La escena descrita por Homero en La Odisea puede contemplarse en la península de Cabo Blanco 2.800 años después. Pero aun conociendo su lenta mejoría, la realidad es que en cualquier momento puede romperse el frágil equilibrio medioambiental que propicia la actual bonanza. Las focas monje viven su presente incapaces de vislumbrar qué les deparará el incierto porvenir. ¿Pero no amenaza la misma incertidumbre al futuro de los pescadores mauritanos? Lo que afecta a los animales repercutirá en los hombres, un vínculo que obliga a afrontar el día de mañana en común, velando por los intereses de todos. Ese es nuestro compromiso.


