El Hierro – La fuerza de la pequeña isla canaria

Campos de lava, espesas zonas de laurisilva, playas de arena negra, pueblos coloniales, plantaciones tropicales… En El Hierro, el viajero encontrará paisajes para todos los gustos con un denominador común: la belleza salvaje que caracteriza a la más pequeña de las Canarias, declarada reserva de ia biosfera por la Unesco.
Furia y quietud se dan la mano en su reducido territorio. La isla surgió del fondo del mar hace cien millones de años debido a un enorme plegamiento. Y se convirtió en el confín del mundo, en el meridiano cero hasta que en 1883 fue sustituido por el de Greenwich. En esa época El Hierro todavía vivía bajo un régimen feudal.
Con 278 kilómetros cuadrados y apenas 7.000 habitantes, es la más pequeña de las Canarias. Como todo el archipiélago, disfruta de temperaturas suaves, aunque aquí los elementos -aire, fuego, tierra y agua- se enfurecen más que en ninguna de sus islas hermanas. Tiene acantilados que miden cientos de metros de altura, y con sus más de ochocientos conos y cráteres, es la isla que cuenta con mayor densidad volcánica.
Desde el mirador de la Peña, diseñado por César Manrique, se contempla casi un tercio de la isla en vertiginosa vertical. Frente al viajero, entre celadas de bruma, se abre todo el valle del Golfo, limitado por el roque Salmor y la punta Arenas Blancas.
Volcanes en acción
Hace 50.000 años la actividad volcánica, probablemente impulsada por un seísmo que desgajó más de 300 kilómetros cúbicos de tierra que desaparecieron en el mar, originó una gran hendidura en forma de media luna. Hoy, lamentablemente, los cultivos de frutos tropicales bajo los plásticos alteran la extraordinaria visión del valle que quedó.
Valverde es la recoleta capital de la isla. Y Frontera, el municipio hermano y rival inevitable. En el descenso hacia este último es posible que el viajero no se cruce con nadie, y en cada curva de la estrecha y sinuosa carretera aparece el campanario de la Candelaria, solitario sobre una colina roja, separado de su iglesia.
En Las Puntas está el Ecomuseo de Guinea. Antiguo poblado, reconstruye la arquitectura tradicional, prácticamente desaparecida en la isla: casas de piedra volcánica y con techado de colmo (paja de cereal); viviendas negras y floridas, con su pequeño huerto; cercos encalados y una cruz de palo en una hornacina o sobre el tapial. Dentro se pueden ver los enseres y el mobiliario de cada época. El conjunto da una idea de lo lenta que evolucionó aquí la vida, desde la conquista por el normando Jean de Béthencourt en 1402 hasta el primer cuarto del siglo XX.
La visita termina en el Lagartario, donde se recupera una especie endémica que no se ha extinguido, en parte gracias a una peculiaridad sexual: la hembra de este dinosaurio en miniatura puede almacenar el semen del macho y fecundar los huevos a voluntad.
Los lagartos son un orgullo para los herreños, de manera que es usual que los familiares emigrados pregunten a los que se han quedado en la isla sobre la salud de los saurios, interesándose por saber si comen mucho y si están o no «gorditos».
En Punta Grande las olas tienen hoy un dulce vaivén. El sol calienta a los pescadores que faenan con sus cañas largas sobre el acantilado, en los aledaños del hotel más pequeño del mundo. Calma chicha. Aunque sólo con que se pase una semana en la isla, se tiene ocasión de comprobar el clima cambiante de El Hierro, hoy batido por el viento y formidables oleadas de espuma y mañana dominado por la calma chicha de la que hablábamos hace un momento. El mar es profundo y bravo. Hay pocas playas, y muchas son peligrosas. Con frecuencia, una ola repentina se lleva a algún turista despistado y demasiado contemplativo. Para bañarse son más aconsejables las piscinas naturales, los charcos que, sabiamente, los herreños han civilizado un poco.
La obra del viento canario
En la zona de poniente el bosque de sabinas centenarias, con troncos retorcidos y desgreñadas por el viento, parece la obra de un loco furioso. Un par de cancelas antes se encuentra la ermita de Nuestra Señora de los Reyes. Esta virgen es la patraña insular, a la que se rinde homenaje durante la «bajada», delirio colectivo en el que los he-rreños recorren la isla de punta a punta, 42 kilómetros de riscos bailando al son de tambores y pitos. La fiesta, que se celebra cada cuatro veranos (la próxima será en el 2005), es la ocasión inexcusable para el retorno temporal de los emigrantes, la mayoría asentados en Venezuela.
Tras atravesar la dehesa de tabaibas y verodes, de nuevo a orillas del mar, el faro de Orchilla rige el tránsito del rojo luminoso y el violeta al tenue amarillo final. Cuando se cierran las sombras, su linterna es la única luz encendida. Toda la isla se apaga, y entonces se disfruta de un espectáculo de estrellas ya olvidado. Salvo meterse en la cama, tampoco hay mucho más que hacer.
Por la mañana hay cierto trajín en el puerto marinero de La Restinga. Los submarinistas salen de inmersión para nadar con las mantas gigantes y las ballenas; algunos nudistas se bañan en la cercana cala de Tacorón. A su regreso, invadirán las pequeñas tascas para pedir platos de pescado.
El poder de los árboles sagrados
A media ladera late la vida tranquila de los pueblos, entre plantaciones de viñedos y de almendros. En la cumbre, de nuevo la soledad en los bosques de pino canario y en el
mundo fantasmagórico del fayal brezal, al que la humedad de los alisios cubre de musgo y líquenes colgantes. Cerca de San Andrés los vientos benéficos cargan de agua las hojas del garoé, el árbol sagrado de los bimbaches, primitivos habitantes de la isla, a quienes se supone un origen beréber. El garoé original fue destruido por un huracán en el año 1610.
Ya con ánimo de vuelta, no lejos del aeropuerto, el Parador Nacional de Turismo casi bebe del océano. Ha sido recientemente restaurado después que un temporal destrozara parte de las instalaciones, aunque conserva la panorámica sobre el roque de la Bonanza, que, al otro extremo de la playa, desmiente con su nombre que aquí pasen cosas así.
Cómo se llega
En avión, con la compañía Binter Canarias, que vuela desde el aeropuerto de Los Rodeos, en Tenerife. Por mar, en el transbordador diario de Fredolsen, que sale de Los Cristianos, también en Tenerife.
Dónde alojarse
Hay pocos hoteles, pero la isla dispone de una buena oferta de casas rurales.
Hotel Balneario Pozo de la Salud Sabinosa | Pozo de la Salud | Además de ofrecer bellísimas vistas del golfo, el hotel dispone de fuentes con aguas curativas para la ciratlacián y el reúma.
Parador Nacional de Turismo de El Hierro | Valverde | Las Playas, 26 Dispone de 47 habitaciones con muebles rústicos y vistas a la playa.
Punta Grande | Frontera | Las Puntas, 2 Este alojamiento tiene fama de ser el más pequeño del mundo. Dispone sólo de cuatro habitaciones y ofrece unas vistas espléndidas.
La buena mesa
Pescados, quesos, vinos, pan, lapas e higos son los productos típicos de la isla. Los mejores sitios para comer están en el mirador de la Peña, La Restinga, Las Puntas, Frontera, Sabinosa y San Andrés. El Refugio | La Restinga | La Lapa, 1 | Sus especialidades son la sopa de marisco y la cazuela de mero.
Mirador de la Peña | Guarazoca |Ctra General de Guarazoca A sólo Í0 km de Valverde, este restaurante diseñado por César Manrique combina la gastronomía isleña con platos innovadores.
Restaurante La Calcosa valverde | Pozo de las Calcosas | Este restaurante, abierto sólo en verano, cocina platos típicos de la isla.
Las mejores compras
El Hierro aún cuenta con decenas de artesanos de la madera, la cestería y los textiles. Además se ha recuperado el trabajo artesanal del barro y la loza se vuelve a elaborar sin torno.