Viajar a Machu Picchu
Machu Picchu es la prueba de que las ilusiones se pueden hacer realidad. Que se puede perseguir una quimera en el centro del desierto, en lo profundo de la selva o más allá de la última montaña y acabar por encontrarla. Durante siglos, desde la llegada de los españoles a Perú, los aventureros sedientos de oro han partido en busca de esta fabulosa ciudad perdida. Alguno acabó por encontrarla.
Por eso viajar a Machu Picchu no es sólo realizar una visita turística a un centro arqueológico bien restaurado y de indudable valor cultural. Es sumergirse en la historia, en la aventura, en los sueños. Y plantearse alguna que otra incógnita. En esta ciudadela encaramada sobre los precipicios entre los que corre el Urubamba, rodeada de selva, uno podría esperar encontrar construcciones pequeñas y de poco refinamiento. Sin embargo, aquí se hallan algunas de las estructuras de piedra más finamente talladas del mundo. El palacio de la Princesa, el Intdhuatana, los templos del Sol, de las Tres Ventanas, del Cóndor, el Principal, son estructuras aparejadas por una mano maestra, por una civilización en el momento cumbre de su desarrollo. Presenta pocas estructuras habitables, lo que hace pensar que Machu Picchu nunca fue una ciudad en el sentido habitual de la palabra.
Sería, con toda probabilidad, un enclave real o un centro ceremonial. Un refugio en el que el Inca se recluiría en los fríos meses del invierno austral -entre junio y septiembre-. No hay que olvidar que, desde Cuzco no se sube a Machu Picchu, sino que se baja. Esta ciudadela está en la zona en que los Andes empiezan su vertiginoso descenso hacia la selva amazónica, así que, además de proporcionar un escape a los rigores del frío podría proporcionar cultivos casi tropicales muy deseables por la nobleza del Cuzco.
Pero todo son enigmas, preguntas sin respuesta que entran en el magín de cualquiera que haya paseado entre sus muros intactos, que haya contemplado el conjunto desde la cima del Huayna Picchu -la cumbre puntiaguda que se eleva detrás de la ciudadela-o desde Intipunku, la Puerta del Sol por la que entran los que recorren a pie el Camino Inca. Cómo es posible que los conquistadores españoles no llegaran a sospechar nunca la existencia de este prodigio a pesar de que fueron recibidos como libertadores por los habitantes y la nobleza de Cuzco, recientes perdedores de una guerra civil. Tal vez ni siquiera ellos supieran de su existencia, y el recuerdo de esta ciudad perdida -incluso de esta región perdida- hubiera sido borrado de la memoria oficial por cualquier razón. Quizá se hubiera rebelado contra el Inca y éste la hubiera despoblado y hecho olvidar por todos.
No importa. Los misterios de Machu Picchu son los que permiten que sea continuamente redescubierta. Que sea el ejemplo supremo de un enigma que espera todavía al final del camino.


