Visitar Nueva Zelanda
Es un hecho: a las antípodas se llega más rápido que al norte de Europa. Escasas once horas fueron las que transcurrieron en vuelo directo de Buenos Aires a Auckland. No es la única feliz conclusión a la que llegué en este viaje.
Ejemplos:
■ Los neocelandeses son amables, poco formales y bien educados. Tienen la certeza de la lejanía -como los argentinos- pero en vez de deprimirse -a lo porteño – prefieren llevar una vida productiva y ordenada en extremo.
■ No fuman en recintos cenados, como lo demuestran las montañas
de puchos que hay en la entrada de los boliches, en las vereditas de los aeropuertos, en más de una maceta, etcétera.
No parecen conocer la vanidad. Hay muchas -pero muchas- mujeres gordas y grandotas; será porque comen como vi-
ven, sin culpa. Cuando le pregunté a una mujer -ni gorda ni fea ni vieja— la razón de tanta obesidad femenina, me contestó: “porque a nuestros hombres no les importa, les gustamos así”.
Nueva Zelanda es un país que produce prácticamente todo lo que consume. ¡Qué placer comprar hasta ropa que diga made in New Zealand, zapatos que digan made in New Zealand…!
Todo el mundo usa mucho los espacios públicos pero no los dejan hechos un estropicio.
NZ es como el modelo argentino que salió bien, muy bien.
Dicho todo lo cual y mejorando los presentes, paso a relatar mis veinte días en tierras kiwis, como gusta autocalificar-se esa ex colonia inglesa.
Yo había pasado un par de veces por Auckland -escala obligada a Australia-pero siempre la vi de refilón. Había llegado el momento de dedicarle más tiempo, el justo para reacomodar el cuerpo a las 15 horas de diferencia horaria, visitarla sin apuro y programar el resto del viaje que, aunque era temporada alta -todos nos habían vaticinado que no íbamos a encontrar un sitio ni para sentarnos- nada se organizó de antemano.
Auckland, en la isla norte, es la principal puerta de acceso a Nueva Zelanda. Se extiende a lo largo de 50 km sobre un angosto istmo con dos áreas costeras bien delimitadas, Waitemata Harhour y Manukau Harbour. Un puente de 1.0.33 metros une la franja portuaria con la zona residencial, hacia el norte.
Sol y lloviznas o aguaceros se pueden reiterar varias veces al día. Así que no se preocupe, vaya preparado y largúese a la calle.
De entrada enfile hacia el puerto, que es divino, con sus restaurantes y cafés junto al plic plic de las olas, un espectacular Museo Marítimo y los veleros más lindos y más sofisticados del mundo meciéndose en Waitemata Harbour. Se calcula que hay una embarcación por cada diez personas; si tenemos en cuenta que esta ciudad nuclea casi uno de los cuatro millones de habitantes censados en toda Nueva Zelanda, se entiende por qué la llaman “Ciudad de las Velas”. Es el paraíso de los navegantes.
Parnell Village, con sus casas coloniales, le encantará. Camine por sus parques -Victoria, Estern, Myers, Albert- y desde este último llegúese hasta el Auckland
War Memorial Museum, único tributo a la historia maorí y europea. A escasa distancia, el Winter Carden Pavilion es un espectacular muestrario de plantas.
Ni mi novio Federico ni yo queríamos convertir el viaje en un rally turístico, y hay tanto para ver y recorrer que decidimos enfocar la atención sólo en una de las dos islas. Tiramos la moneda y ganó la del sur. Ya habría oportunidad para volver y explorar a fondo Bay of Island, Cape Reinga y el lago Taupo, tres destinos más que prometedores del norte neocelandés.
Volamos a Wellington para tomar el transbordador que nos cruzaría a Picton por el estrecho de Cook. Un somero pastoreo céntrico antes de zarpar fue suficiente para entender que Wellington será la capital neocelandesa pero es más tranquila que agua de tanque. En comparación, Auckland parece New York.
Las cuatro horas en ferry Huyeron sobre un paisaje de agua absolutamente azul, que fue matizándose de peñones e islotes verdes a medida que íbamos acercándonos a Picton. Flanqueábamos la accidentada costa de Arapawa island cuando en cubierta la gente empezó a divertirse dándole de comer a las gaviotas, que demostraron ser ávidas devoradoras de papas fritas: al vuelo, las arrancaban de las manos con precisión rapaz.


