México

Nación latina de América del Norte, tan grande como cuatro veces España, México tiene la forma de un cuerno de la abundancia, cuya punta sería la península de Yucatán.
Limitado al norte por los Estados Unidos y el río Bravo del Norte, que los americanos llaman «río Grande», al sur por Guatemala y Belize, el territorio está bañado por el golfo de México y el mar de las Antillas al este, por el océano Pacífico al oeste. Como los Estados Unidos, es una república federal, que agrupa 31 estados y un distrito federal. Se encuentran todas las vegetaciones y todos los climas: los de las zonas cálidas a orillas del mar; los de las zonas templadas en la meseta central; las zonas frías en las dos sierras Madre (oriental y occidental), que forman la espina dorsal del país.
«México es el país menos aburrido del mundo», escribía Jacques Perret. En los aproximadamente 3.000 km que separan los Estados Unidos de Guatemala, la variedad de pueblos, costumbres y paisajes es auténticamente prodigiosa. En el capítulo de los clichés, México aparece como un desierto, jalonado de cactus, recorrido por jinetes bigotudos, con su ancho sombrero, vestidos de negro y llevando gigantescas espuelas de plata, machos valentones que cultivan el gusto por la muerte. Y se descubre, en toda la exuberancia de una vegetación tropical, un pueblo barroco, apasionado, amante de la fiesta, de la música, de las flores y de todas las artes. El enfremamiento entre las civilizaciones indias y la cultura española acabó en un maridage de donde ha surgido una irresistible explosión de vida. Visitar un pueblo, descubrir un mercado, seguir una peregrinación, es sumergirse en un baño de colores y gustar la borrachera de la desmesura.
En el pueblo, si la iglesia tiene color pistacho, el ayuntamiento será color salmón. Están plantados a un lado y otro del zócalo, la gran plaza que está adornada, las más de las veces con la estatua de un gran personaje. En torno al zócalo, bancos adornados de azulejos, fuentes de agua, boganvilias, hibiscos. Y luego peluquerías, evocadoras de los saloons de los westerns, donde se toma el pulque, jugo fermentado de un agave, la fuerte tequila, alcohol destilado a partir de otro agave.
El mercado, por su parte, despliega el pavés de los pimientos, plátanos, bananas, aguacates, cañas de azúcar… Está lleno de matronas y muchachitas que se pasan el día entero vendiendo sus cinco limones y miran con sus ojos negros al comprador que tiene la pretensión de comprarlos todos al mismo tiempo. Los indios de la montaña han hecho 20 km a pie para intercambiar un manojo de ramas por algunas naranjas. Los comerciantes de tortillas, la galleta de maíz que constituye el alimento básico, hacen sonar alegremente sus palmas para ablandar la pasta.
La producción artesanal —en absoluto destinada a los turistas, salvo en algunos lugares especialmente frecuentados por los extranjeros— revela una facultad de invención inigualable. El plumero de un ama de casa o una simple flauta de terracota tienen la gracia de un objeto raro. Los pájaros pintados, las estatuillas maliciosas, los ponchos multicolores, los objetos de jade, de turquesa, de alabastro, de ónice o de bambú están inspirados a la vez en el candor de la infancia y el gusto por lo fantástico. Bernal Díaz, el cronista de Cortés, extasiándose ante el mercado central de Tenochtitlán, la capital de Moctezuma, terminaba su narración con un suspiro: «Jamás acabaría de enumerar…» En este sentido nada ha cambiado a pesar del paso de los siglos.
La fiesta es algo omnipresente. Si fuéramos de un punto a otro del territorio, consignando el calendario exhaustivo de las festividades, constataríamos probablemente que existen más de una por día. Fiesta pagana, cristiana o patriótica, fiesta privada y fiesta improvisada, en la que se cae con frecuencia en el momento en que menos se piensa y de la que es imposible escapar… En las cercanías de Pascua, de Navidad y del 12 de diciembre, la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, patrona de México, las iglesias están ocupadas noche y día por una multitud que ora, canta y duerme allí mismo. Las mujeres dan de mamar a sus niños y, a falta de confesionarios, en número suficiente, los sacerdotes reciben públicamente la confesión de los pecados. En algún santuario de la montaña, allí al abrigo de los tiempos modernos, los indios continúan viviendo a su ritmo, se asiste a una impresionante mezcla de paganismo y cristianismo, las imágenes de los santos están adornadas o vestidas en función de sus beneficios y, cuando los milagros resultan decididamente escasos, los santos en cuestión son puestos de cara a la pared, como castigo… Durante la Semana Santa, la reconstrucción de la Pasión de Cristo se desarrolla con un realismo a veces impresionante. Por todas partes, lo sobrenatural se mezcla estrechamente con la vida cotidiana. Nada más alegre, más vivo que un cementerio mexicano: ninguna verja separa del exterior las tumbas de tiernos colores, ya que sería cruel poner aparte a los difuntos. El Día de los Muertos todas las confiterías ofrecen dulces en forma de esqueletos y es algo de buen tono enviar a sus amigos, a través de la gaceta local, versos sobre la Danza de la Muerte…
Otra fuente de admiración para el visitante: el número y la importancia de los lugares arqueológicos. Se han recensado más de 11.000 en el conjunto del territorio y todavía no se ha acabado. La abundancia es tal que los arqueólogos renuncian a veces a excavar un paraje del que no esperan gran cosa nueva, para consagrar sus esfuerzos y sus créditos a los terrenos que prometen algo inédito. Los obreros entran entonces en acción a centenares. Con sus pirámides, sus palacios, sus juegos de pelota, sus estelas y sus monumentos, un sitio «interesante» puede ocupar varias hectáreas. Se
puede excavar el mismo lugar durante decenios sin llegar a agotarlo. La última gran cantera de excavaciones habría sido la del metro de México: a cada paso los obreros sacaban huellas de la antigua capital de Moctezuma.
Nada tiene de extraño, pues, que la arqueología revista en México un aspecto pasional: a la búsqueda de sus fuentes, de sus raíces, el ciudadano de hoy día, olvidando gustoso el «entreacto» colonial, se siente profundamente afectado por cualquier descubrimiento que se refiera a las civilizaciones indias. Esta «prehistoria» sigue siendo para él de una actualidad ardiente, ya que aztecas y mayas figuran siempre como grandes antepasados. En un país en que las estadísticas oficiales recensan un 60 por 100 de blancos, el monumento a la Raza, la fiesta de la Raza y las estatuas elevadas en Cuauhtémoc, el último emperador azteca que resistió a Cortés, van en este sentido. Es en el museo, ante los restos de trece civilizaciones precolombinas conocidas hasta hoy día, donde los niños de las escuelas aprenden a conocer a su patria.
La borrachera de México
Catorce millones de habitantes en el Gran México, 40 km de diámetro, 2.240 m de altitud. Una ciudad amena que, al compás de la expansión demográfica y de la inmigración de los campesinos fascinados por sus luces, se extiende irresistiblemente en dirección de las dos sierras Madre, que se unen en torno a ella. «México será verdaderamente una ciudad magnífica —decía un viajero— el día que se la inaugure.» Tal como está ahora, con su torre latinoamericana dominando la perspectiva de la Reforma y de Insurgentes —dos interminables bulevares que arrastran su ola de coches durante docenas de kilómetros, entre fachadas sin especial estilo—, puede decepcionar en un primer momento. Pero ocurre con México como con la mayoría de las grandes metrópolis contemporáneas: el secreto de sus encantos está reservado al viajero sutil, capaz de ver, más allá de las apariencias, la memoria de una ciudad.
Un buen lugar para abordarlo: la plaza Garibaldi, en la hora en que las orquestas de mariachis comienzan su ronda de noche en busca del aficionado que las va a alquilar para celebrar un aniversario, una recepción, o para ofrecer una alborada a su amada. A fin de ganarse el mercado, las formaciones rivales dan muestras de sus talentos con una alegría capaz de resucitar un muerto. La altitud, la música, el olor de la pimienta, un vaso de tequila: los ingredientes de la borrachera de México están listos.
Una cita más culta luego, en el Zócalo, el corazón de la ciudad azteca, el término de la búsqueda para la tribu venida del norte. Según la profecía, la errancia tendría fin allí donde los sacerdotes vieran un águila apostada sobre un cactus y teniendo en su pico una serpiente. Aquí se elevaron el palacio de Moctezuma, el recinto del Gran Templo con sus pirámides y sus santuarios, el disco de los sacrificios, que tuvieron que transportar 50.000 hombres; los juegos de pelota, los conventos, los arsenales, «cosas jamás vistas (…) ni siquiera en sueños», escribía el cronista de Cortés.
De todo aquello, nada queda. El conquistador y sus compañeros, persuadidos por los sacrificios humanos de que habían descubierto el reino de Satán, arrasaron la ciudad por fanatismo y sus cimientos por ambición: se decía, en efecto, que los sacerdotes, para propiciarse a los dioses, ocultaban los tesoros bajo las primeras piedras de los templos.
Tras haber destruido todo, los españoles reconstruyeron in situ su propia capital: la catedral, que es la más antigua de América latina; el Sagrario, suntuosamente barroco; el Palacio nacional y el Monte de Piedad, asediado por una multitud colorista.
A dos pasos, el mercado de la Merced, cuyos puestecillos ciñen uno de los más bellos claustros del país, nos darán —con la misma razón que el mercado de San Juan, el mercado Tepito o el mercado Abelardo Rodríguez— una primera visión de una abundancia llevada hasta la extravagancia: los escaparates consagrados a las hierbas que curan del mal de amor o del mal de ojo, o a los juguetes que harían creer que estamos en Navidad durante todo el año, merecen mención especial.
Mención especial también para uno de los logros de nuestro tiempo: la Ciudad universitaria, que dispersa en un gran parque sus aproximadamente 80 edificios decorados de mosaicos y épicos patrióticos; el barrio del Pedregal, donde émulos de Frank Lloyd Wright han edificado sobre la lava de un volcán apagado residencias de ensueño donde los árboles crecen en medio del living-room y donde un arro-yuelo atraviesa el salón; la plaza de las Tres Culturas, en fin, donde el arquitecto Mario Pañi ha llegado a casar sin escándalo un conjunto de apartamentos para 100.000 habitantes con. los restos de las pirámides que vieron el último combate de Cuauhtémoc y una iglesia barroca con su interior recubierto de oro.
Tres museos para iniciarse
Para alojar el museo nacional de Antropología, el arquitecto Pedro Vázquez concibió un inmenso velo de cemento, sostenido, por encima del patio central, por una columna única de donde surge una cascada. A un lado y otro del patio, cada uno de los pueblos de México tiene derecho a dos salas superpuestas: en el piso bajo las obras maestras de su período precolombino; en el piso alto, lo que ha llegado a ser hoy día, con sus juegos, sus ritos, sus artesanado, sus costumbres, su música, etc. Abajo, la historia del arte; arriba, la etnología. El conjunto resulta de una riquieza y de una claridad tal que no existe, en el momento actual, ninguna obra capaz de proporcionar una documentación equivalente sobre México.
A fuerza de visitar las salas, horizontal o verticalmente, se familiariza uno poco a poco con los huaxtecas, los mixtecas, los zapotecas… Se aprende a «leer» las estelas, cuyo dibujo, a primera vista parece un montón de líneas indescifrables, y a identificar los principales dioses de una mitología que multiplica sus avatares. El dios de la Lluvia, por ejemplo, llamado Tlaloc por los aztecas, Chac por los mayas y Dzahui por los mixtecas, es llamado Tajin por los totonaques y Cocijo por los zapotecas; en un país en que la sequía y las inundaciones pueden adoptar proporciones catastróficas, por todas partes se encuentra su efigie.
Se descubre que Huehueteotl, dios del Fuego primordial, tiene una cabeza muy simpática, mientras que Xipe Totee, dios de los Orfebres y de la Primavera, apenas merece su sobrenombre de «Nuestro Señor el Desollado»: cubierto con la piel de sus víctimas, guiña el ojo tras sus órbitas vacías como un zombie sangriento. Coatlicue, diosa de la Tierra, es igualmente horrible a primera vista, con su falda de serpientes, su pectoral de cráneos y de corazones, y su cuello cortado, cuya sangre surge bajo forma de siete reptiles; pero de su masa enorme emana al mismo tiempo una fuerza tranquila, un prodigioso flujo vital.
En el barrio sur de la capital, no lejos de la Ciudad universitaria y del Pedregal,
el museo Diego Rivera constituye la antítesis absoluta de los principios aplicados en el Museo nacional. Para albergar las 3.000 piezas de colección que ofreció a su país el pintor más célebre de México, quiso una especie de templo-pirámide, donde todo está sacrificado a la estética y al misterio. Aquí, ninguna ficha explicativa distraerá a los aficionados de su pura delectación. En esta caverna de lava gris, iluminada por vidrieras de ónice, los dioses sangrientos del Museo nacional ceden paso a un pueblo de estatuillas que hacen la guerra y el amor, cazan, pescan, duermen, sonríen y reflexionan. Al lado de las bailarinas con pronunciadas caderas de Tlalilco, las diosas voluptuosas de los pueblos del golfo de México presiden los goces de la carne y la remisión de los pecados.
Frente a estos testimonios de la edad de oro, Diego Rivera instaló otra colección, que gustará a quienes vienen a México ante todo para ver esqueletos. Los caballeros del Apocalipsis, los guerrilleros, los arzobispos y los pastores de la muerte, los cráneos de azúcar pintados como libros de horas danzan la zarabanda y gesticulan en un sarcástico derroche de colores.
Y luego está el museo nacional de Historia, alojado en el triste castillo de Chapultepec desde donde Maximiliano y Carlota contemplaban la ciudad que les rechazaba. Cortés no tiene allí más que un solo retrato sombrío, relegado a un rincón. Luego vienen una media docena de virreyes estirados, que representan tres siglos de moda española y parecen fascinados por un fresco impresionante: el combate de un conquistador y de un caballero-águila azteca. El águila clava al caballero su jabalina en el momento en que éste le atraviesa el cuerpo con su lanza. Es como rizar el rizo: más que una lucha a muerte, se piensa en una fusión de la que va a salir la nueva raza.
Los penitentes de Guadalupe
A algunos kilómetros de la capital, la basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, fundada en 1533, alberga la imagen de la Virgen Morena, que se apareció al indio Juan Diego. Patrona del país, símbolo de la guerra de la Independencia contra España, atrae, de un cabo al otro del año, a una multitud de peregrinos procedentes de toda América latina.
Sobre el terraplén central que divide en dos la avenida que lleva a Guadalupe, las orquestas de mariachis preceden con desfiles que llevan coronas de flores: los futbolistas de Cuernavaca, los basureros de Morelia, los carteros de Izucar de Matamoros. Entre los grupos se intercalan los penitentes que han hecho voto de recorrer de rodillas los siete últimos kilómetros del bulevard. A veces se hacen acompañar de un amigo encargado de colocar una manta bajo sus rodillas conforme van avanzando: sin duda la Virgen no se malicia en que sus fieles, respetando su voto, traten no obstante de sufrir lo menos posible.
En la esplanada (tan amplia como la de Lourdes) que se extiende delante de la basílica, los bailarines aztecas coronados con plumas, rinden homenaje a María, los mariachis se desencadenan, los comerciantes de globos, de cigarrillos y de golosinas se hacen de oro. Al lado de Pocho, la capillita cuyas cúpulas de azulejos tienen la frescura de un oratorio sevillano, se abre el camino que lleva a Tepeyac, la colina de la aparición.
Multitudes también en la plaza de toros, donde los bichos un tanto sofocados por la altitud se enfrentan a matadores ligeramente barrigudos. Pero, también aquí, el entusiasmo, el gusto por la fiesta, los gritos, la música y los colores barren el espíritu crítico y el sentido de lo relativo, como ocurre en el palacio de Bellas Artes, donde el Ballet folklórico de México da una visión de las danzas que no siempre se tiene la suerte de ver en los pueblos. Quetzolcoatl, la Serpiente de plumas, destruye los cuatro puntos cardinales y arranca los hombres al dios de la Muerte, los pequeños de Michoacan parecen tullidos para mejor sorprender saltando luego por los aires, los bailarines de Veracruz anudan en forma de corazón una cinta con sus pies y una ceremonia mágica contra la muerte del ciervo a manos de los cazadores. Luego vienen escenas revolucionarias, donde el público corea: «Soy soldado de Pancho Villa».
