Kalimantan
La enorme isla de Borneo, que en Indonesia se llama Kalimantan, y de la cual ocupa tres cuartas partes, recibe cada año más de dos billones doscientos cincuenta mil millones de litros de agua de lluvia: al menos esa es la cifra que se ha entretenido en calcular un naturalista, y desde luego explica la densidad de la red fluvial. Los torrentes se convierten poco a poco en amplios cursos de agua que se ramifican y van a perderse en una costa fangosa e inhóspita.
La fauna y la flora, de una extraordinaria riqueza, proceden del continente asiático en una época en que la isla estaba vinculada a Java y a tierra firme. Han sido siempre, como testimonian los primeros relatos de los viajeros occidentales, la admiración de los naturalistas y han sugerido al explorador Wallace su teoría de la selección natural. Más que por sus grandes animales, que en definitiva son bastante raros, uno queda impresionado sobre todo por la proliferación de todo lo que vive a ras de suelo: setas de vivos colores, plantas carnívoras, insectos de todo tipo, reptiles capaces de planear de un árbol a otro, peces anfibios que se pasean por la orilla. La profusión de insectos alimenta una profusión de pájaros, y la profusión de pájaros alimenta una profusión de depredadores.
En medio de esta abundancia de especies, sólo el hombre parece raro. La apelación «Dayak» se aplica indiferentemente a todas las poblaciones del interior, que, no tienen más que raros contactos con el mundo costero, y han permanecido en el estado llamado «salvaje». Aunque también en este caso, el mito se desmorona enseguida cuando se descubre que los comerciantes chinos no dudan en penetrar en el corazón de la jungla para vender sus transistores y sus vasos irrompibles a los famosos cortadores de cabezas.
La madera, producto milagroso de la economía indonesia (inmediatamente después del petróleo), sale cada año a millones de metros cúbicos de Kalimantan. Las concesiones son buscadas en función de su proximidad a las vías de agua. Enorme máquinas van destripando el bosque con un ruido de árboles abatidos y transportan los troncos hasta el río. En la desembocadura, grandes cargueros los embarcan en vagones de madera.
La región de Balikpapan, en la costa este, se dedica más bien al petróleo. La agitación en torno a los yacimientos, a las prospecciones, las antorchas, las torres de prospección, las cisternas gigantes y los sealines para la carga de los petroleros ha reemplazado al rumor del mar y del viento.
Los helicópteros llevan hacia el interior del país a los prospectores de uranio y petróleo, que los dayak no siempre acogen pacíficamente. En la costa, los expertos analizan los suelos para tratar de implantar colonos javaneses que explotarán los arrozales que la Java superpoblada necesita para poder subsistir. En las fronteras del Sarawak (La Malasia oriental), Indonesia construye una carretera estratégica para controlar la subversión…
Borneo ha sido durante mucho tiempo —y todavía lo sigue siendo en parte— un campo de aventuras, de tráfico costero, de contrabando. Entre los sultanatos que habían conseguido implatarse en Banjarmasin o en Pontianak, las comunidades chinas, los comerciantes árabes, los occidentales y los flotillas de piratas que llenaban la región, las relaciones estaban jalonadas de crímenes, de traiciones, de alianzas y de cambios. Las novelas de Conrad evocan perfectamente la época de los rajas locales, de los piratas malayos y de los aventureros blancos, como el capitán Ling-gard de El socorro, apodado «Raja Laut» (Rey del mar) y célebre «de Palembang a Témate, de Sumbawa a Palawan… Pronto fue conocido por los malayos y su feliz temeridad, en el curso de varios encuentros con los piratas, no tardó en inspirarles un saludable terror».
Desde entonces, esta mitología ha sido mantenida por las historias de los buscadores de oro, de los exploradores, y por los relatos de los combates en la jungla durante la Segunda Guerra mundial. Luego vinieron las películas de viajes, las novelas de aventuras. Hace apenas diez años que, para el gran público, Kalimantan comienza a salir del terreno de la imaginación para entrar en el del conocimiento. Pero la historia marcha rápido y, en pocos años, habrá que hacerse a la idea de que la antigua Borneo ya no pertenece más que a la tradición oral.